martes, 11 de marzo de 2014

¡ AY...! ESTE VELO QUE ME PERMITE (OCULTAR AL "OTRO")


Título original: Libro de entrevistas a la feminista Christine Delphy: Discriminación encubierta por el igualitariado.

Fue una de las primeras investigadoras europeas en señalar la cuestión del trabajo doméstico como una de las bases fundamentales de la opresión específica de las mujeres




Bilbao, 11 mar. 14. - Se presentan una serie de entrevistas con Christine Delphy, militante y teórica del feminismo, responsable del comité de redacción de la revista franco-suiza Nouvelles questions féministes, fundada en 1981 por un grupo de militantes entre las que se encontraban ella misma y Simone de Beauvoir. También estuvo entre las iniciadoras de la Fondation Copernic en 1988, y ha sido una de las primeras investigadoras europeas en señalar la cuestión del trabajo doméstico como una de las bases fundamentales de la opresión específica de las mujeres, labor que sintetizó en el primer volumen («Economía política del patriarcado») de su libro El enemigo principal.


El segundo volumen de El enemigo principal («Pensar el género») presenta un análisis materialista de la sociedad, de las relaciones sociales y políticas, un análisis clave para comprender todas las opresiones, principalmente la de las mujeres, fundamental para todo proyecto de emancipación.

Del género hablaremos más adelante, ya que, si bien varias de las entrevistas presentadas aquí se refieren a cuestiones generales, también hay otras centradas en casos concretos que en los últimos años han suscitado amplias polémicas en el estado francés (la paridad, el velo y la islamofobia, la prostitución, etcétera).




Asuntos concretos, pero no menores

En el año 2000 se aprobó la ley francesa sobre la paridad, que establecía un sistema de «cuotas» en las listas electorales. Esa ley recibió varapalos de todas partes; los liberales afirmaban que iba en contra de los ideales republicanos y que, si se fijaban cuotas para las mujeres, ¿por qué no establecerlas asimismo para las clases sociales, los inmigrantes o las minorías étnicas?: eso abriría la puerta a lo que ellos denominan «comunitarismo», del que también hablaremos más adelante. Christine Delphy opone a las cuotas abstractas las medidas de acción positiva para luchar contra las discriminaciones que padecen históricamente las mujeres. 



Ya que hemos citado el «pañuelo», recordemos que el parlamento francés aprobó en marzo de 2004 una ley sobre lo que se denominó «signos religiosos ostensibles» y que, fundamentalmente, se dirigía a prohibir el velo de las mujeres (el de las musulmanas, que no el de las religiosas católicas); en efecto, la ley autoriza los «signos menores», como las crucecitas que se cuelgan del cuello, y prohíbe el velo islámico y las «cruces de dimensiones manifiestamente excesivas», pero (como afirma Christine Delphy en «El feminismo debe ser mundial») los católicos no van arrastrando cruces por las calles, con lo que se prohíbe algo que existe (el velo de las mujeres musulmanas) y se pretende ser equitativo prohibiendo supercruces inexistentes, intentando así maquillar la islamofobia de la ley.

En abril de 2011, una comisión francesa de investigación sobre la prostitución recomendó la opción de multar a los clientes (medida que se aplica en Suecia desde 1999), y ello desencadenó una áspera discusión en todos los medios. Los contrarios a esta nueva política la acusaban de moralista y liberticida. En efecto, es bien conocida la tendencia a afirmar que la prostitución debe legalizarse porque «es un trabajo como otro cualquiera», y que, del mismo modo que todas las trabajadoras venden su fuerza de trabajo, quienes se dedican a la prostitución deben ser libres de «vender su cuerpo». Ello es cierto en abstracto, pero choca con la realidad: del mismo modo que quienes critican las leyes de género porque afirman que no son necesarias en aras de la igualdad, y que una mujer que mata a un hombre es igual que un hombre que mata a una mujer, olvidan que en estos casos el hombre homicida es la regla, mientras que la mujer homicida es una simple anécdota.

Asimismo, en la prostitución, el 99% de los clientes son hombres; y si admitimos que una mujer pueda «vender su cuerpo» (o «alquilarlo» u «ofrecerlo en régimen de tiempo compartido») por cuenta propia, acabaremos admitiendo que pueda hacerlo también por cuenta ajena, con lo que estaremos aceptando que el proxenetismo deje de ser delito.

La entrevista titulada «La igualdad es la condición del don» alude a la tesis enunciada en 1924 por el antropólogo francés Marcel Mauss conocida como «el paradigma del don»: alguien da una cosa (el don) y recibe otra a cambio (el contra-don); esta es una práctica conocida en muchos tipos de sociedades de todos los continentes, analizada en su momento por antropólogos reconocidos, como Boas y Malinowski, que Mauss considera una forma arcaica de contrato, independiente de las leyes del mercado. Christine Delphy se alza contra la concepción de que el don sea algo propiamente femenino y deja claro que un «don» solo puede practicarse entre iguales, pues cualquier forma de dominación es incompatible con ese don espontáneo.

Cuando «tolerancia» significa ocultar al «otro»

Cuando los opresores que se presentan como liberales afirman que «hay que tolerar a los otros», la pregunta que hay que hacer es: ¿quiénes son «los otros»? Y la respuesta es que «los otros» son simplemente aquellos que son llamados así por quienes tienen el poder.

Quienes pueden denominar a los demás son «los unos», los miembros de la clase dominante. Para que haya «otros» tiene que haber «unos»: para que haya un «diferente» tiene que haber un «referente» (el «referente» es el burgués y el «diferente», el trabajador; el «referente» es el hombre y el «diferente», la mujer; el «referente» es el autóctono y el «diferente», el inmigrante, y así sucesivamente). Esta ha sido una aportación fundamental del feminismo marxista (véase la entrevista «La fabricación del “otro” por parte del poder»). El discurso de la clase dominante no ha cambiado; esta solo se ha visto obligada en ciertos terrenos a pasar de la represión a la tolerancia. El significado de la famosa «tolerancia» reapareció claramente no hace mucho en la frase que el mediático filósofo sionista Alain Finkielkraut dirigió a los homosexuales:

¡Faîtes ce que vous voulez, mais de la discrétion, que diable !

Es decir: «estad contentos, porque ahora ya no os metemos en la cárcel, pero portaos bien»; es la frase que los liberales pueden lanzar a cualquier colectivo oprimido: «se os tolera, pero disimulad». Aquí aparece la acusación de «comunitarismo», que en el estado español se llama «identitarismo»): si alguien exhibe su homosexualidad se le acusa de «repliegue identitario»; si alguien exhibe su heterosexualidad, es normal: «dejamos que los homosexuales hagan lo que quieran en su casa, pero que parezcan normales en público» (que no vayan de la mano, vamos); esto equivale a «dejamos que los musulmanes puedan ir a la mezquita, pero que parezcan normales en público» (¡nada de velos!) .

El problema de la religión

Hay un razonamiento primario bastante extendido: «De religiones, ni hablar: ¡somos marxistas!».

Bien, si somos marxistas, recordemos la célebre cita de Marx al respecto: Das religiöse Elend ist in einem der Ausdruck des wirklichen Elendes und in einem die Protestation gegen das wirkliche Elend. Die Religion ist der Seufzer der bedrängten Kreatur, das Gemüth einer herzlosen Welt, wie sie der Geist geistloser Zustände ist. Sie ist das Opium des Volks.

En efecto, para la bedrängten Kreatur (el oprimido), la religión es una droga (das Opium) que le ayuda a soportar su situación, pero ello no significa de forma automática que sea algo que le lleve a aceptar esa opresión (podríamos hacer un paralelismo con la psiquiatría: si una persona, que ya no soporta las condiciones de vida que el sistema le impone, acude a un terapeuta que le prescribe unas pastillas, está claro que debe saber que lo que hay que hacer es luchar para cambiar esas condiciones de vida insoportables, pero mientras tanto no vamos a quitarle sus antidepresivos). La misma actitud que hay que mantener ante los psicofármacos y las drogas puede esgrimirse frente a la religión.

El islam sirve de refugio contra el racismo en el estado francés, como ya lo fue en Estados Unidos, donde los afroamericanos empezaron a crear organizaciones islámicas de resistencia antirracista desde 1930 (cabe recordar que incluso militantes tan preparados como el propio Malcolm X peregrinaron a La Meca, con la esperanza de haber encontrado una religión que no les hiciera «poner la otra mejilla»).

Pero incluso el cristianismo ha servido de refugio en África y América Latina. En la Sudáfrica del apartheid, los africanos esgrimían el mensaje evangélico de igualdad entre todo el género humano como respuesta a la política de segregación. En la Nicaragua de los Somoza, Ernesto Cardenal se dirigía así desesperadamente al dios de los cristianos:

Libéranos Tú, ya que no nos pueden liberar los partidos

De hecho, no pocos militantes han llegado al socialismo por querer ser consecuentes con el mensaje igualitario presente en muchas religiones. Saltar de la caridad a la solidaridad no es algo difícil de entender; Hélder Câmara afirmó:

Quando dou comida aos pobres chamam-me de santo. Quando pergunto por que eles são pobres chamam-me de comunista.

Las facciones religiosas en la lucha de los pueblos musulmanes, que al principio incluso fueron propiciadas por el imperialismo para contrarrestar la fuerza de las organizaciones socialistas , cobraron gran fuerza tras la desaparición de la URSS. No es difícil imaginar la razón: si el «socialismo real» aparecía tan frágil, muchos militantes decidieron integrarse en grupos de inspiración islámica, pues «solo Alá no les traicionaría». Es así como en todo el mundo musulmán, de Marruecos a Indonesia pasando por Palestina, los grupos islamistas han arrebatado a las organizaciones socialistas y comunistas la bandera del antiimperialismo en estos últimos años.

Está claro que los marxistas no vamos a «convertirnos», pero tampoco vamos a despreciar a la bedrängten Kreatur que busca desesperadamente liberarse de la opresión. Ninguna conciliación con las religiones, pero respeto a los y las trabajadoras creyentes, pues la manera de alejarlas de la superstición es el debate de ideas, no la posición prepotente que les obligue a comer cerdo o les arranque el velo, como quieren hacer los legisladores burgueses del estado francés, jaleados por la prensa pretendidamente liberal de toda la Unión Europea.

El objetivo de presentar a los inmigrantes como fanáticos religiosos, sexistas y homófobos es socavar la necesaria solidaridad entre los trabajadores de todos los orígenes. Eso no significa que entre esos inmigrantes (y también entre los trabajadores autóctonos) haya fanáticos religiosos, sexistas y homófobos, pero tampoco que haya que dejar de luchar contra todo tipo de discriminación.

Separar a los trabajadores inmigrantes de los autóctonos favorece un racismo sin mala conciencia («no es porque sean negros, es porque son fanáticos sexistas y homófobos»), y también favorece el sexismo, pues cuestiones como las del velo de las mujeres inmigrantes («nosotros no somos sexistas, los sexistas son ellos») hacen olvidar las del culto al cuerpo y la cirugía estética de las mujeres autóctonas .

La trampa del cosmopolitismo

El cosmopolitismo habita un mundo ideal, sin contradicciones de clase; incluso ha habido seudomarxistas que lo han esgrimido como bandera contra lo que despreciaban como particularismos (fueran esos «particularismos» la lucha feminista o los movimientos de liberación nacional, por ejemplo), pero los «particularismos» son tenaces, porque responden a una opresión concreta.

A finales del siglo XIX hubo un debate en el imperio zarista entre el proletariado de origen judío sobre si debían incorporarse a los otros grupos obreros o si debían crear una organización propia. Algunos integraron los partidos socialistas, pero otros crearon la Federación General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia (conocida como Bund, palabra que en yidis significa «federación»). Los primeros acusaron a los segundos de desviaciones «particularistas» y, para hacerles ver que vivían en un mundo globalizado (¡ya entonces!), les recitaban la típica letanía de que «tu chaqueta es de lana de ovejas inglesas, ha sido tejida en fábricas flamencas, los botones son austriacos…», a lo que los militantes del Bund respondían: «sí, ¡y el desgarrón del codo viene del pogromo de Kiev!».

Exacto, es la agresión la que provoca la respuesta, y es porque hay diversos tipos de opresión por lo que el universalismo solo es una utopía: como afirma Christine Delphy, el universalismo es imposible mientras exista la opresión y la sociedad dividida en clases.

Sexo y género

Hay quienes se sorprenden de que ahora se utilice el término «género» donde hasta hace no muchos años se hablaba de «sexo». Algunos incluso se imaginaron que era una copia servil del inglés, pues esta acepción del término «género» fue acuñada en 1955 en Estados Unidos por un sexólogo neozelandés. Pero el significado distinto de ambos términos está bien claro: el sexo es meramente biológico, y la división entre sexos se limita a unas diferencias físicas. Una mujer puede tener hijos; un hombre, no: esta es una diferencia por razón de «sexo».

En cambio, que las mujeres lleven faldas, o relojes pequeños, o se maquillen, y que los hombres lleven pantalones, o relojes grandes, o no se maquillen, no tiene nada que ver con el «sexo», estas son diferencias culturales construidas históricamente: diferencias por razón de «género». Y la más importante de ellas es la que hace que sean las mujeres, y no los hombres, quienes soportan la carga del trabajo doméstico, que acostumbra a representar bastante más de cuarenta horas semanales de una labor que, además, no está remunerada.

Así, a partir de la realidad biológica (solo las mujeres pueden procrear), el sistema patriarcal ha ido tejiendo desde tiempos inmemoriales todo un reparto estructurado de papeles, que se articula en una serie de silogismos encadenados: si las mujeres pueden tener hijos, deben encargarse de ellos, deben ocuparse del hogar, deben cuidar a los hombres, deben ser obedientes y sumisas, etcétera. ¡Pero absolutamente nada de todo esto se deriva del mero hecho biológico de que las mujeres puedan tener hijos!: todo es una construcción cultural destinada a perpetuar la opresión social. Y la mejor manera de mantener esa opresión es que la construcción cultural aparezca como un hecho natural.

¡Ojo con quien viene en nombre del progreso y de la humanidad!

Se dice que Manon Roland, revolucionaria francesa líder del partido de los girondinos, exclamó cuando se vio frente a la guillotina: «Ô Liberté, que de crimes on commet en ton nom!» . En la actualidad, los crímenes se cometen en nombre de la humanidad. El llamado «derecho a la injerencia humanitaria» es la denominación actualizada de aquello que para los colonialistas de hace cien años era «la misión civilizadora del Hombre Blanco».

Christine Delphy ha analizado estas hipocresías neocoloniales, sobre todo cuando los imperialistas de Estados Unidos pretendían hacer creer al mundo que la última guerra de Afganistán era una especie de «lucha de liberación de la mujer», y nos recuerda que las mujeres de Afganistán nunca fueron más libres que cuando, en los años setenta y ochenta, el gobierno comunista obligaba a las familias a llevar a las niñas a la escuela . Y entonces la Casa Blanca se dedicó a armar a la rebelión de los muyahidines, que querían volver a la sharia, y ese apoyo hizo que las mujeres afganas volvieran a la reclusión en casa, a las violaciones punitivas, a los matrimonios forzados y a las agresiones si querían estudiar. Y a los dirigentes de Estados Unidos no les quitó el sueño la suerte de las mujeres de Afganistán… hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando descubrieron «casualmente» la infamia del burqa obligatorio.

Los imperialistas son conscientes de que ya no pueden decir que hacen la guerra para «llevar la civilización a los salvajes»; así, gracias a una pirueta terminológica, ahora se trata de «liberarlos». Para ello contarán con la complicidad de los socialdemócratas de todo pelaje, que serán los primeros en jalearlos (a no ser que incluso se les adelanten, pidiendo, en nombre del «progreso» y la «libertad», ¿cómo no?, «intervenciones humanitarias» aquí y allá).

Lo grave es que hay trabajadoras y trabajadores que no se atreven a enfrentarse a ese «humanitarismo bélico». Está claro que no vamos a defender a Milosevic, a los talibán o a Sadam Husein, pero lo último que necesitaban los pueblos de Yugoslavia, de Afganistán o de Irak era una agresión imperialista. Christine Delphy hizo un paralelismo claro: el derecho al voto de las mujeres es algo fundamental, pero jamás estaremos a favor de bombardear a los países que aún no lo reconocen. Sabemos que la libertad se conquista, y para ello todos los oprimidos del mundo tienen que desarrollar diversas formas de lucha, pero lo que hay que tener claro es que las bombas inteligentes lanzadas sobre objetivos civiles desde los aviones invisibles de las grandes potencias nunca han traído la libertad a nadie.


Fuente: Amecopress

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