domingo, 13 de abril de 2014

¿LA CALLE ES EL LUGAR? Reflexiones acerca del acoso callejero

El acoso callejero es una de las formas de violencia más minimizadas y naturalizadas que existen. En el marco de la Semana Internacional contra el Acoso Callejero (desde el 7 hasta el 13 de este mes), reflexionamos acerca de las motivaciones de este tipo de acoso, y qué podemos hacer para detenerlo.


CAMPAÑA CONTRA EL ACOSO CALLEJERO ( del 7al 13 de abril)
 " Si te encomoda leerlo, imaginate oirlo"



La gran mayoría de mujeres de 13 años (o menos) en adelante puede sentirse identificada con la siguiente afirmación: “Al menos una vez en mi vida experimenté acoso callejero”. Silbidos, miradas lascivas, piropos e incluso manoseos son situaciones que se ven y se viven todos los días, y pueden suceder en cualquier ámbito en el que nos desenvolvamos. Condicionan muchos aspectos de nuestro día a día: cómo nos vestimos, cómo nos trasladamos, qué recorridos hacemos y cuales no. Y lo peor de todo es que están naturalizadas tanto por hombres como por mujeres. Pero por más que sean consideradas cotidianas, subyace en ellas una dosis de violencia; en mayor o menor medida, pero siempre presente.
En primer lugar, se debe comenzar a considerar a este tipo de acciones como lo que son: opiniones nunca pedidas por parte de completos desconocidos. El hecho de piropear a alguien por la calle parece absurdo cuando se lo pone así, pero sin embargo hay que cuestionarse: ¿por qué, en nuestra sociedad, existe la necesidad de hacer valoraciones sobre el aspecto de otros/as? Y en particular, ¿por qué los hombres heterosexuales y machistas deben hacer juicios de valor sobre los cuerpos leídos mujer, sin expectativas o posibilidades de respuesta? ¿Qué motiva estos acosos? ¿Qué se busca demostrar con ellos? Una hipótesis para comenzar a desentrañar este asunto puede ser esta: todavía está en el inconsciente colectivo la idea de que los varones son los que se desempeñan en el ámbito público y las mujeres en el privado. Por esto, cuando una mujer transita libremente en la vía pública, se la acosa para intentar “ponerla en su lugar”,  hacerla sentir que ella no debería estar allí. Otra conjetura puede ser la siguiente: el hombre hetero debe demostrar públicamente que es un macho con todas las letras, todo el tiempo debe reafirmar a otros y a sí mismo su masculinidad (entendida, por supuesto, desde una concepción machista). Y para ello, cosifica a los cuerpos femeninos que transitan por la calle.  A todo esto se le suma la naturalización de estos actos por parte de algunas mujeres. A muchas se les ha inculcado que es normal que otros emitan opiniones sobre sus cuerpos, incluso hay quienes consideran estas acciones como halagos.







Las diferentes formas de acoso callejero encierran, también, una profunda desigualdad. Todos/as tenemos derecho a que se respeten nuestros cuerpos y nuestras voluntades con respecto a los mismos. Sin embargo, los acosos de este tipo nunca son solicitados (por ende, sin consentimiento), por lo que ignoran por completo el deseo de quien es acosado/a. Se pone, entonces, a las partes involucradas en una situación desigual de poder: prevalece la voluntad del acosador que la predisposición o no del acosado.


Dentro de esta arista de la desigualdad, también cobra una gran importancia el respeto (o en este caso, falta del mismo) al espacio personal. Este es entendido como el espacio virtual que rodea a cada persona, y que permite interactuar con los demás de forma cómoda y adecuada a cada circunstancia. La definición de este espacio varía según diferentes factores, como las preferencias de cada persona, la relación que nos une a la persona con la que interactuamos, la cultura y la sociedad, entre otros. Pero el que cada persona defina su espacio personal de forma distinta no quita el hecho de que las acciones tales como piropos o manoseos sean una invasión del mismo. Y es así porque la naturaleza misma del acoso callejero es invasiva: al no tratarse de interacciones consensuadas, la distancia potencial que uno/a podría poner es pasada por alto. Esta invasión del espacio personal se pone especialmente de manifiesto en la búsqueda del roce o contacto físico. De acuerdo al antropólogo Edward Hall –quien realizó varios estudios acerca del espacio personal y su significado psicológico- se distinguen varias categorías de espacio personal. Entre estas, la más importante es la distancia zonal íntima, ya que el acceso a ella reserva solamente para las personas más allegadas emocionalmente: familiares, amistades y parejas. Los manoseos, el froteurismo y demás tipos de contacto físico no consentido irrumpen en la zona íntima.
Este tipo de violencia está muy poco visibilizado. Por una parte, la legislación vigente en nuestro país no la contempla como una forma de acoso -si bien la Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres abarca la violencia simbólica, no aparece específicamente la figura de acoso callejero-. Por otro lado, se minimiza esta categoría de acoso a nivel social: se toma como algo normal porque se considera que es una mera parte de nuestra cultura (como desligándose del hecho de que la cultura es una construcción humana). Así, se continúa tolerando estas microviolencias, y aquellas personas que se defienden son desalentadas al tildarlas de “locas”, “histéricas”, “exageradas” o incluso “ingratas”.
Puesto de esta forma, parece casi obvio que el acoso callejero está mal. Pero la realidad es que este asunto está enquistado en lugares mucho más profundos: una cultura y sociedad machistas que propician este tipo de comportamientos, un sistema patriarcal que lo avala, o no hace nada por detenerlo, entre muchos otros factores. Entonces, debemos replantearnos como individuos y como integrantes de una sociedad cómo miramos este tipo de situaciones. Si bien se ha avanzado mucho en este tema (el simple hecho de ponerle un nombre es un avance), todavía es una problemática reciente: 2014 es apenas el tercer año que se conmemora la Semana Internacional contra el Acoso Callejero. Además hay que llevar a la práctica lo que se reflexiona; podemos responder de forma directa al acosador, o intervenir cuando vemos que alguien está siendo acosado/a, reaccionar para hacer saber que ese tipo de comportamientos no deben y no van a ser tolerados. Por eso está en nuestras manos continuar con el planteamiento del acoso callejero como un problema que afecta a millones de personas en todo el mundo; siempre reconociendo que no se trata de si el piropo es explícitamente grosero o no, sino que estamos hablando de una limitación al espacio personal y una desvalorización del respeto por el otro.

Fuente: Diario Femenino - Por Rocío Pérez.-

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