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martes, 23 de febrero de 2016

MUJERES, GENOCIDIO Y VIOLENCIA SEXUAL

Me pidieron hablar sobre la violencia sexual evidenciada en la sentencia por genocidio, voy a abordar el tema un poco más allá del ámbito jurídico, soy antropóloga, no conozco el ámbito jurídico entonces, mi visión se expande hacia el lado de la antropología.



Lo primero que quiero decir, es que escuchar a las mujeres narrar con voz potente, con claridad, dignidad y serenidad, ante un tribunal, la terrible experiencia de violencia sexual vivida durante la represión política, no solo fue un acto de valentía, sino fue además una manera impactante de remover las poderosas estructuras de la memoria oficial dominante, que niegan su verdad, la verdad de estas grandes mujeres y del Pueblo Maya. Finalizados formalmente los años de la represión política en que se cometió genocidio, lejos de entrar en un proceso de justicia, de reparación a las víctimas, de elaboración del duelo y de construcción de la memoria, hubo prisa por silenciar lo que pasó, hubo prisa por organizar mecanismos de olvido y de impunidad. La misma firma de la paz y el multiculturalismo fueron secuestrados y utilizados convenientemente desde el poder para producir formas de olvido, a partir de un discurso superficial de la convivencia.

Pero lo que hacen las mujeres con su impactante presencia, con su verdad serena, clara y digna, es recordarnos que la memoria oficial tiene límites. A pesar de que el silencio ha sido impuesto a través de una continuidad de la violencia, mediante una culpabilizarían sistemática de las víctimas, o por mecanismos de indiferencia hacia quienes no fueron consideradas plenamente humanas, las mujeres dicen, “aquí estamos”, “callamos pero nunca olvidamos”. Las mujeres que testificaron nos recuerdan que silencio no es lo mismo olvido. Esto confirma que los largos silencios sobre el pasado, son tantas veces mecanismos de protección ligados a la necesidad de vivir, de encontrar un modo de existir incluso en ambientes en que se debe convivir con los victimarios o los perpetradores de los crímenes, como pasa con la gran mayoría de mujeres que sufrieron violencia sexual durante los años de la represión política orquestado por el Estado guatemalteco.

Por esto, me parece que el juicio dio a las mujeres el derecho a ser público un sufrimiento llevado en soledad. Al hacer públicos los hechos, se ha sacado la violación sexual de la esfera de la intimidad, de la vergüenza y de la individualización, para ser colocada en el lugar del delito y de la búsqueda de justicia. Debido a esto, las palabras de las testigas, como de otras mujeres que sufrieron situaciones similares, merecen ser escuchada con detenimiento y responsabilidad. Digo esto porque, desafortunadamente cuando se trata del sufrimiento narrado por las mujeres hay una tendencia a no querer escucharlas. Pero la experiencia de las mujeres, tanto de quienes sufrieron violencia sexual, como otras formas de tortura y asesinato, es absolutamente central para entender el genocidio cometido en este país. Es decir, lo que ocurrió a las mujeres, no fue un problema aislado contra las mujeres, fue una forma de doblegar a las mujeres y con ellas al Pueblo Maya. Por esto mismo, tampoco es solo un problema exclusivamente relacionado al patriarcado, porque el genocidio fue un gran momento de re-colonización. Patriarcado y colonialismo, sexismo y racismo se combinaron perversamente para normalizar y cubrir de impunidad los hechos sistemáticos y extendidos de violencia sexual cometidos por el ejército, patrulleros y comisionados militares contra las mujeres mayas, especialmente rurales. Hay extraordinarios estudios realizados sobre la función del sometimiento de las mujeres, en conflictos, en guerras, en masacres, pero lo que ha ocurrido en Guatemala, con toda seguridad tiene sus propias características que necesitan ser explicados con detenimiento.

No estoy diciendo nada nuevo, pero me gustaría reiterar en tres puntos para reforzar lo que otras mujeres, analistas del problema de violencia sexual y activistas feministas han dicho tanto aquí en Guatemala, como fuera del país.

1 - ¿Por qué se viola a las mujeres en las guerras?

Como en la mayoría de guerras, en Guatemala la violencia sexual fue un arma eficaz para buscar someter, humillar y derrotar al “enemigo”. De acuerdo a las evidencias, que cada vez aumentan, la violencia sexual fue una práctica recurrente, sistemática y extendida, más aún en los primeros años de la década de los 80s. En tal sentido se puede afirmar que fue un arma eficaz de contrainsurgencia. Es decir, se utilizó para debilitar y destruir el tejido social comunitario de la población civil, especialmente de las comunidades indígenas, consideradas la base potencial de la insurgencia. Si nos preguntamos ¿por qué se viola a las mujeres en las guerras? encontraremos que en las respuestas se mezclan distintas lógicas. En primer lugar, una manera de asegurar la sumisión de las mujeres, es atacando los referentes femeninos de su cuerpo, recordándoles que no son dueñas de sus propios cuerpos. De esta manera la violación es vivida por las mujeres como un acto de deshonra y de vergüenza, códigos que son compartidos por la comunidad cuando ésta está atravesada por lógicas patriarcales. Por eso, el violador sabe, o espera, que lo primero que obtendrá con la violación es el silencio de la víctima (Segato, s.f). En segundo lugar y unido a lo primero, cuando se viola a las mujeres se busca doblegar, desmoralizar y derrotar al grupo que está siendo sometido. La violación contra las mujeres, es un desafío a la masculinidad y a la hombría, cuando se piensan los cuerpos de las mujeres, como territorios que pertenecen a los hombres. Mediante la violencia sexual contra las mujeres, se busca castrar simbólicamente a “sus hombres” o se les hace sentir impotentes. En tercer lugar, si la violación es vivida como actos individuales de deshonra y de vergüenza, se despolitiza lo que el dominante ha impuesto como un arma política de destrucción de un grupo, de una comunidad o de un pueblo. Así, los hechos de violación tienen eficacia para dividir, para restarle fuerzas y afectar la cohesión de tal grupo, comunidad o pueblo.




Cuando escuchamos el testimonio y las historias de las mujeres Ixil y de otros pueblos, ellas narran cómo además de soportar en silencio la violencia sexual y sus terribles efectos, debieron enfrentar la culpa y la humillación de sus propios vecinos, familiares y victimarios. Esto nos habla claramente de por qué la violación funciona para quienes la planificaron. Si, frente a una mujer violada hay murmuraciones, chismes, culpabilidad, se rompe la confianza y la cohesión familiar y comunitaria. Como he dicho, la violación llega a tener una gran efectividad cuando es tratada como un acto íntimo de deshonra y de vergüenza, mientras ha sido cometida con una intención política, como un crimen de guerra. Los sentimientos de vergüenza y de deshonra para las mujeres y sus familias desvía la atención, porque los perpetradores quedan sin ser vistos e igualmente se ocultan los fines políticos de tales hechos. Por eso, muchas analistas y activistas insisten en que la violación no es un asunto individual, no es un crimen de motivación sexual, como dice Rita Segato (s.f). Y no es crimen de motivación sexual porque quienes violaron no lo hicieron motivados por deseos sexuales individuales incontrolados, sino para demostrar poder, someter, controlar y exterminar. La violencia sexual es entonces un crimen de guerra, un crimen político, una violencia genocida, y como tal debe también ser tratada. Reitero que la violación es eficaz cuando quienes la planifican, entienden lo que significa para quienes son violadas y su entorno. Hay códigos compartidos alrededor del tabú y del silencio. Por todo esto, la violencia sexual no debe ser personalizada e individualizada, no debe tratarse como una afectación a la intimidad de las mujeres solamente, porque cuando esto pasa, se despolitiza un problema que es político.

2 - ¿Cómo entender lo que ocurrió a partir de examinar a los perpetradores directos de los crímenes sexuales? 

Como dice Mahmood Mamdani (2003), entender no significa disculpar, sino comprender como los victimarios –militares, patrulleros y comisionados- se convirtieron en agentes capaces de cometer actos de extrema crueldad contra mujeres y niñas mayas. Las mujeres sobrevivientes y quienes solo pueden testificar a partir de sus cuerpos mutilados, nos muestran que los perpetradores trataron de demostrar que no tenían límites. Cualquier regla que en las guerras protege a niñas, niños y mujeres, fue invalidada por quienes dirigieron y materializaron la represión política en este país. Escuchar el testimonio de las mujeres significa oír cómo los victimarios fueron despojados de todo sentimiento de compasión frente al dolor y el sufrimiento que provocaban. Esto significa que los victimarios tuvieron un entrenamiento político o doctrinario que premiaba los comportamientos insensibilizados frente a la crueldad; cualquier forma de tortura y de terror fue válida contra quienes fueron producidos como “el enemigo”. Así la violencia política en Guatemala fabricó una masculinidad depredadora que llevó al extremo los niveles de machismo, racismo y discriminación de clase que se vive “en tiempos de paz”.
 El patriarcado como marco de análisis nos ha dado muchísimas herramientas, pero tiene límites, cuando no se cruza con otras herramientas que nos permitan ver como se enlaza la violencia sexual con la racial-étnica y de clase social. Particularmente me pregunto, entre otras cosas, cómo se movilizó en los soldados indígenas, en los comisionados y patrulleros, sentimientos de auto-vergüenza y auto-odio que descargaron contra las mujeres mayas. No estoy diciendo que esa haya sido la motivación principal para cometer los crímenes, pero pudieron ser sentimientos que los facilitaran. Esto significa que la estrategia militar de contrainsurgencia depredó la propia humanidad de los hombres que cometieron los crímenes. Podríamos dejar de ver todo esto si así lo quisiéramos, pero si deseamos reconstruir la vida del Pueblo Maya, habrá que tenerlo en cuenta, por los efectos del adoctrinamiento militar en la destrucción del tejido social hasta la actualidad. Con toda seguridad, la violencia contemporánea contra las mujeres, está ligada a la violencia sexual permitida como arma de guerra durante los años de la represión política. En este sentido, me parece crucial preguntarnos ¿Cómo fueron producidos los perpetradores de la violencia sexual? ¿Cómo se entiende la actuación de los perpetradores mayas en el marco del adoctrinamiento militar contrainsurgente dirigido a destruir a los Pueblos Mayas? Me parece que este es un trabajo pendiente, pero fundamental.




3 - El genocidio como un mecanismo de re-colonización a través del cuerpo de las mujeres mayas. 

Aquí quiero brevemente contar un terrible episodio que nos narró don Jacinto Brito, principal de Nebaj, en una actividad realizada por Consejería en Proyectos en octubre pasado. En Xoloché, Nebaj, como ocurrió en tantas otras, a finales de 1982 el ejército llevó a gente reclutada de comunidades vecinas a tapiscar porque era tiempo de cosecha de maíz. El ejército dijo a los patrulleros que el maíz sería para ellos. Al terminar la tapisca, hicieron un volcán de mazorcas y tomaron a doña Elena una mujer anciana y ciega, muy respetada en la comunidad, a quien colocaron sobre el volcán de mazorcas y prendieron fuego. “Dos jóvenes quisieron rescatar a la anciana, corrieron para sacarla del fuego pero estalló una bomba que los soldados pusieron debajo de la ropa de la anciana…pero después, porque no hay un pensamiento bueno, pasaron la máquina, una carretera hicieron, revolvieron los granos de maíz…y el cuerpo de la anciana” (PCS, 2013). Máximo Bá Tiul quien moderaba la mesa donde habló don Jacinto Brito, reflexionó sobre cómo mientras el Popol Wuj narra la relación directa que las mujeres tienen con el maíz, como símbolo poderoso de la existencia y de la vida del Pueblo Maya, el ejército también las enlaza en la muerte, en la destrucción y en el genocidio. De hecho, para destruir a las comunidades mayas, el ejército buscó profanar lo que es sagrado, profanó el maíz como profanó el cuerpo de las mujeres. Como parte de una pedagogía de la destrucción y de la extrema crueldad (Segato, s.f), entrenó y obligó a muchos hombres a exterminar con sus manos lo que formaba parte de su vida. El involucramiento de las mismas víctimas, es una estrategia de guerra que otorga impunidad, porque permite culpar a las víctimas. Por eso, quienes dirigieron las operaciones de contrainsurgencia en este país, deben ser juzgado por atentar contra la existencia del Pueblo Maya a través de la destrucción y de la muerte causada a tantas comunidades, familias y personas civiles. Discutir el genocidio implica también discutir la violencia colonial re-articulada durante los años de la represión política y como sistema actual, a partir de colocar en el centro la experiencia de las mujeres mayas. 

Quiero concluir diciendo, que los crímenes cometidos en el cuerpo de las mujeres, deben ser quitados del lugar de la vergüenza, del tabú y del silencio. Estos no son crímenes de naturaleza sexual nada más, sino son crímenes de genocidio. No debemos hablar de la violencia sexual en voz baja, sino debemos denunciarla con voz potente, porque en cada mujer violada y masacrada hay un crimen contra el Pueblo Maya y contra la humanidad. La justicia para cada una de estas mujeres significa dignificar también al Pueblo Maya. Treinta años después de cometidos los hechos convergen razones para romper el silencio. Si lo primero que se busca garantizar con la violencia sexual es silenciar a las mujeres y fragmentar a las comunidades mayas, haber hablado es un actor de irrupción de gran importancia histórica. Para cerrar, reitero lo dicho al inicio, las mujeres nos han mostrado que silencio no es lo mismo que olvido.

Bibliografía

Mamdani, Mahmood (2003) “Darle sentido histórico a la violencia política en el África Poscolonial” en: Istor Revista de Historia Internacional. Año 4 No. 14. CIDE, México.

Brito, Jacinto (2013) Genocidio y trabajo comunitario por la memoria. Ponencia presentada en Congreso Mesoamericano de Pueblos Indígenas, Genocidio y Despojo, Resistencia y Memoria, PCS, Guatemala.

Segato, Rita (s.f) Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. Disponible en: http://www.scielo.br/scielo.php?pid=S0102-69922014000200003&script=sci_arttext

 Fuente: Mujeres Ixchel Guatemala - Por Aura Cumes . Fotografías: Cristina Chiquín, Mujeres ixchel.

Datos de la autora

Aura Cumes (Kaqchikel, Chimaltenango, Guatemala). Sus intereses de investigación y de acción política giran en torno al análisis de las relaciones y formas de poder y de dominación experimentadas en sociedades fundadas en una historia de colonización como la guatemalteca. Es desde la problematización del hecho colonial que lee las múltiples y entrecruzadas formas de poder y de dominación como el patriarcado, el racismo y el sexismo y las nociones político-analíticas de género y cultura. Doctora en Antropología Social por el CIESAS, México DF. Ha sido investigadora y docente del Área de Estudios Étnicos y el Programa de Género la FLACSO Guatemala. Coeditora de La encrucijada de las identidades. Mujeres, feminismos y mayanismos en diálogo (2006) y de la colección Mayanización y vida cotidiana. La ideología multicultural en la sociedad guatemalteca (2007). Autora de múltiples artículos publicados en revistas nacionales e internacionales.

**Ponencia presentada en las actividades del aniversario del primer año de la Sentencia por Genocidio , realizadas por CALDH y AJR. presentada en está página como Colaboración Especial de la Autora para Grupo de Mujeres Ixchel. 



domingo, 8 de noviembre de 2015

LOS DELITOS SEXUALES FUERON SISTEMÁTICOS EN LOS CENTROS CLANDESTINOS

Lo dijo a Infojus Noticias la periodista Miriam Lewin, coautora de “Putas y guerrilleras”. Es una constante en la mayoría de los juicios de lesa: cómo abordar los crímenes sexuales. Por ejemplo, tres de las víctimas en el juicio por delitos de lesa en la comisaría de Villa Ballester denunciaron haber sufrido vejámenes. El fiscal de esa causa, Marcelo García Berro, sostuvo que “aún persisten resistencias para ahondar en el tema”.




El juicio por los crímenes que se cometieron en la comisaría de Villa Ballester durante la última dictadura cívico-militar, que se desarrolla en los tribunales de San Martín desde el 18 de agosto, dejó en evidencia una problemática que cruza muchos de estos procesos de lesa humanidad: ¿Cómo abordar los delitos sexuales que se cometieron en los centros clandestinos? Tres de las catorce víctimas que tiene este debate oral y público denunciaron haber sufrido agresiones sexuales y vejámenes, con la particularidad de que los hechos fueron soslayados por la jueza federal de San Martín, Alicia Vence, a cargo de la instrucción del expediente, el 13° de la megacausa Campo de Mayo que llega a juicio.
“Dos personas habían denunciado en instrucción lo que técnicamente podía considerarse abuso sexual y violación. Y durante el juicio oral otra de las víctimas, que declaró desde España por teleconferencia, también hizo referencia al tema. Fue terrible. Esas conductas no iban a recibir ningún tipo de sanción. Por lo que solicitamos la ampliación de la acusación contra los imputados”, explicó a Infojus Noticias el fiscal federal Marcelo García Berro, que interviene en el juicio.



La declaración por teleconferencia que realizó la víctima –se reserva su identidad- fue tan cruda que una de las juezas que integra el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín se conmovió hasta las lágrimas. Era la primera vez que esta mujer relataba los abusos que había sufrido en la comisaría 2da de San Martín, ubicada en Villa Ballester. Debió interrumpir su testimonio por una crisis de angustia.



Los camaristas hicieron lugar a la solicitud de la fiscalía, que se había efectuado en la audiencia del 28 de septiembre pasado, y ampliaron la imputación por delitos sexuales contra el jefe de Institutos Militares, Santiago Omar Riveros; el director de la Escuela de Caballería, Rodolfo Feroglio; y el comisario de la seccional de Villa Ballester entre 1975 y 1977, Daniel Caimi. García Berro consideró “cuanto menos negligente e injustificadamente dilatado” el abordaje del tema.
Durante su ponencia ante TOF1, García Berro remarcó que la violencia sexual “tuvo por objetivo la deshumanización de las víctimas”. Cuando se aplicaba a las mujeres tenía por objetivo “remarcarles el costo de salirse de sus roles de madres-esposas-amas de casa (preceptos, además altamente ligados a la ‘moral cristiana’ que el terrorismo de estado pretendía conservar) y cristalizar la idea de que sobre los cuerpos de ellas se ejerce un control esencial para sostener el status quo de su subordinación”. También implicaba transformar a las mujeres como “botín para quienes estaban desplegando lo que ellos llamaban la ‘guerra contra la subversión’”.
Un instrumento más del terrorismo de Estado
La sobreviviente y periodista Miriam Lewin es autora junta a Olga Wornat del libro “Putas y guerrilleras”, donde se abordan los crímenes sexuales en los centros clandestinos. Consultada por Infojus Noticias:



“Los delitos sexuales fueron sistemáticos. Se dieron en todas las provincias y en todos los centros clandestinos de detención, con distintas características. Había reglas diferentes, tácitas o explícitas. Era un instrumento más del terrorismo de Estado. Yo lo llamo terrorismo sexual”.






Lewin definió algunas de sus características: “Tiene varios objetivos, no solo la humillación o el quiebre directo de la mujer. Es una herramienta de disciplinamiento. En la ESMA, por ejemplo, los represores consideraban un síntoma de recuperación que nosotras nos maquilláramos”.
“El mensaje no era solamente para la mujer. Muchas veces las violaciones se hacían en público o de manera que los varones tuvieran conciencia de que esto estaba teniendo lugar. Esto está confirmado por muchísimos testimonios. Había mujeres que eran violadas delante de sus maridos o pared de por medio”, relató Lewin. En ese sentido, contó que, una vez terminada la represión, “cuando se efectuaban reconocimientos o visitas en los centros clandestinos, los varones se quebraban no donde habían sido torturados sino donde habían violado a sus mujeres”.
Los delitos sexuales que ejecutaban los genocidas también “estaban dirigido a sus pares. Porque no todos los represores eran capaces de ejecutarlos”. Lewin explicó que “las reglas variaban según los centros clandestinos: en la ESMA era más refinado el asunto, tenía más que ver con la esclavitud sexual. Había compañeras que eran encerradas en departamentos cerca de la ESMA para ser visitadas por Jorge ‘Tigre’ Acosta cuando se le antojara abusar de ellas”.
“En la Cueva de Mar del Plata las mujeres eran para los suboficiales y los bienes materiales eran el botín de  guerra para los oficiales. En la ESMA, si un suboficial abusaba de una prisionera era castigado porque los cuerpos de las mujeres eran solamente para los oficiales”, añadió quien estuvo secuestrada en ese gran predio de la Armada, ubicado a metros de la Avenida General Paz.

Los riesgos de la impunidad

Las primeras denuncias por violaciones y abusos sexuales durante el terrorismo de Estado se pueden encontrar en la Conadep. Y en el Juicio a las Juntas, realizado en 1985, varias sobrevivientes sacaron a la luz las torturas y vejaciones a las que fueron sometidas. “A pesar de la contundencia de los relatos, éstos hechos no fueron relevados como delitos  ni por el Ministerio Público Fiscal al acusar ni por la Cámara al dictar sentencia. Hoy podríamos afirmar que por entonces los esfuerzos estuvieron dirigidos a probar la existencia de un plan represivo, sistemático y generalizado, del que habían sido principales responsables quienes ocupaban los altos mandos de las fuerzas armadas”, consideró García Berro.
Lo cierto es que en el 2010 se produjo un quiebre en el abordaje jurídico de los delitos sexuales en las causas de lesa humanidad en la Argentina. Fue cuando distintos tribunales orales federales se pronunciaron en base a la jurisprudencia internacional de los Tribunales Penales Internacionales para la ex Yugoslavia y Ruanda. “Entonces empiezan a salir a la luz y a brotar como hongos en los juicios de todo el país las denuncias por abuso sexual”, afirmó Lewin. Los jueces y los fiscales empiezan a preguntar a quienes declaraban si fueron víctimas o testigos de delitos sexuales.  

En el libro “Grietas en el silencio. Una investigación sobre la violencia sexual”, se asegura que “la impunidad de los delitos cometidos envía el mensaje de que la violencia contra la mujer es tolerada, lo que favorece su perpetuación y la aceptación social del fenómeno, el sentimiento y la sensación de inseguridad en las mujeres, así como una persistente desconfianza de éstas en el sistema de administración de justicia”.



Ante este escenario, García Berro sostuvo que “aún persisten en algunas jurisdicciones duras resistencias para ahondar en el tema”. Esto fue advertido por organismos internacionales como el Comité de Derechos Humanos –supervisor del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos- y por el  Comité Para la Eliminación de la Discriminación Contra la Mujer (CEDAW, en sus siglas en inglés).

Este escenario es alimentado por una discusión jurídica no menor: cómo se consideran los “delitos sexuales” cometidos en un centro clandestino. El juez federal Daniel Rafecas endilgó a ese tipo de crímenes en el concepto general de “tormento”. No fue el único. “La violación no es un tormento sino que es de una naturaleza distinta”, indicó Lewin.

El TOF de Mar del Plata coincidió con la postura de la periodista y sobreviviente, en una sentencia de 2010. Fue el primero tribunal en reconocer a los abusos y violaciones ocurridos durante el terrorismo de Estado en el país la calidad de delitos de lesa humanidad autónomos –no incluidos en la tipicidad de los tormentos-. Cinco años después, García Berro hizo lo propio en el juicio de la comisaría de Villa Ballester. Cuando se difunda la sentencia, que se estima en menos de un mes, se conocerá qué criterio adoptó el TOF1 de San Martín para juzgar estos crímenes cometidos contra tres mujeres en 1976. El debate sigue abierto. Y hasta que no se zanje, la impunidad por estos delitos muchas veces también.

Fuente: Infojus - Por: Franco Mizrahi

viernes, 17 de mayo de 2013

MURIÓ EL GENOCIDA RAFAEL VIDELA


Encabezó la junta militar que se alzó con el poder luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, y abrió la etapa más negra de la historia Argentina. Puso en marcha un plan sistemático genocida con secuestros, saqueos y desaparición de personas, y una política económica neoliberal que fue el puntapié de inicio de uno de los procesos de vaciamiento y entrega del país a los capitales financieros más duros para la sociedad argentina. Fue condenado por delitos de lesa humanidad y murió esta mañana a los 87 años, purgando una parte de sus crímenes -de los que nunca se arrepintió- en el penal de Marcos Paz. La lucha de los organismos de derechos humanos que reclaman memoria, verdad y justicia por los 30 mil desaparecidos y los nietos que aún no fueron recuperados, sigue de pie.

los miserables también mueren

La noticia fue confirmada por el director del Servicio Penitenciario Federal, Víctor Hortel, quien confirmo que Jorge Rafael Videla falleció por la mañana "de muerte natural" en el módulo 4 del Complejo Penitenciario Federal 2, de la ciudad de Marcos Paz, donde se encontraba cumpliendo condena a prisión perpetua por la comisión de delitos de lesa humanidad.

El parte médico indicó que "se lo encontró en su celda sin pulso ni reacción pupilar, por lo que se le realiza un ECG (electrocardiograma) constatándose su óbito, siendo las 08.25 hs del día de la fecha". Tras constatarse la muerte, "de conformidad con los trámites de rigor, se cursó comunicación del deceso al Juzgado Federal N 3, Secretaría N 10, de Morón".

El juez federal 3 de Morón, Juan Pablo Salas, dispuso que esta tarde se practique la autopsia al represor en la Morgue Judicial del Cuerpo Médico Forense de la Capital Federal, ubicada en Viamonte y Junín. La causa recayó en Salas porque es el que tiene jurisdicción federal en la cárcel donde estaba detenido Videla.

El dictador nació el 2 de agosto de 1925 en la ciudad bonaerense de Mercedes. Fue Jefe del Ejército Argentino desde 1975 y designado presidente del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón. Ocupó la presidencia hasta 1981.

Tras la recuperación de la democracia en 1983 fue juzgado y condenado a prisión perpetua y destitución del grado militar por numerosos crímenes de lesa humanidad cometidos durante su gobierno. Pero fue indultado por el entonces presidente Carlos Menem el 28 de diciembre de 1990 y estuvo libre hasta 1998. En ese año, el entonces juez federal de San Isidro Roberto Marquevich lo detuvo en una causa por sustracción de menores, el único delito que quedaba fuera de la órbita del indulto. En esa causa fue procesado.




El 24 de marzo de 2004 el entonces presidente Néstor Kirchner ordenó que los cuadros de los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, que estaban colgados en una de las galerías del Colegio Militar de El Palomar, fueran retirados de allí. Kirchner destacó que ese acto marcaba "definitivamente un claro posicionamiento" del país, de las Fuerzas Armadas, del Ejército y de él mismo, en su carácter de presidente y de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, "de terminar con esa etapa lamentable" y de que esté "consolidado el sistema de vida democrático y desterrado el terrorismo de Estado".

Videla gozó por un breve lapso de arresto domiciliario en su casa sobre avenida Cabildo, en el barrio porteño de Colegiales, pero luego fue denunciado por violar las condiciones de ese beneficio al salir a saludar por la ventana de su departamento y se lo envió a prisión.

El 5 de julio de 2012 fue condenado a 50 años de prisión por el Tribunal Oral Federal 6 al ser encontrado responsable de la puesta en marcha de un plan sistemático de sustracción de menores a secuestradas en centros clandestinos de detención y puntualmente condenado por 18 casos, entre ellos el de Guido, el nieto que la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto aún sigue buscando.

Actualmente, Videla enfrentaba un juicio oral por el denominado "Plan Cóndor", la coordinación de la represión ilegal entre dictaduras Latinoamericanas, tras haber sido condenado a reclusión perpetua por el asesinato de presos políticos en Córdoba y a 50 años de cárcel por el robo de bebés. Además, cumplía la pena de reclusión perpetua impuesta en la llamada causa 13, que juzgó a la cúpula de la última dictadura cívico militar en 1985.

La última visita a los tribunales federales de Retiro fue el martes pasado, cuando se lo trasladó desde la cárcel bonaerense de Marcos Paz para prestar declaración indagatoria ante el Tribunal Oral Federal 1 por el Plan Cóndor, donde era juzgado junto a otros 24 acusados.

Allí se negó a declarar, pero leyó un breve manifiesto en el que asumió "en plenitud" las "responsabilidades castrenses" por lo hecho en lo que llamó una "guerra" contra el "terrorismo" y deslindó de culpas a sus subordinados. "Los acompaño como preso político, hasta tanto recupere el último de ellos su ansiada libertad", dijo sobre sus consortes de causa, ante los jueces Adrián Grunberg, Oscar Amirante y Pablo Laufer.

FUENTE: PÁGINA 12