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lunes, 22 de junio de 2015

MARCELA LAGARDE: COMO NEGOCIAR EN EL AMOR

MARCELA LAGARDE, ANTROPOLOGA Y FEMINISTA, EXPLICA LAS CLAVES PARA LA IGUALDAD EN LA PAREJA

Impresionada por la marcha “Ni una menos”, la emblemática feminista mexicana mostró de qué manera el amor patriarcal tradicional se basa en la opresión femenina. Y brindó pautas para que las mujeres puedan liberarse de ese cautiverio absolutamente naturalizado.




En medio de la expresión popular del #Niunamenos, Marcela Lagarde, la gran maestra feminista de América latina, estuvo en Buenos Aires y habló sobre los pliegues de la construcción del amor tradicional patriarcal, tal como lo conocemos. El amor como cautiverio, el amor como opresión: “No concibo el amor sin el análisis del poder”, advirtió. Explicó que “muchos hombres anticipan verbalmente la violencia física o verbal, la violencia económica, patrimonial y no les creemos hasta el día que actúan: te destruyen tus cositas, te cortan tu ropa, te empujan”. Y propuso “nuevos modelos de convivencia y cuidados distintos, con solidaridad y con responsabilidad”, partiendo de que las mujeres antes que nada sean egoístas, se conozcan y crean en sí mismas.

Fue un viaje agitado para Marcela Lagarde y de los Ríos. Llegó al país para participar del III Foro Internacional sobre los Derechos de las Mujeres, realizado por el Consejo Provincial de las Mujeres de la provincia de Buenos Aires. Estuvo en el Teatro Argentino de La Plata, en una jornada donde el eje fue “Poder con mujeres. Otra construcción es posible”. Durante la convocatoria del #Niunamenos, estuvo frente al Congreso para ser parte de esa movilización que tanto sueña que ocurra en su país.

En el Museo Evita participó en un conversatorio sobre “Claves feministas para las negociaciones en el amor”. Si bien ella es internacionalmente conocida por su trabajo, investigaciones, militancias para que las mujeres puedan vivir sin violencia y por haber acuñado y popularizado el término femicidio, sus reflexiones sobre el amor atraviesan muchos de sus trabajos. Incluso ahora mismo está haciendo otro libro investigando a las feministas y su relación con el amor.



Un conversatorio tiene algo de las viejas tertulias donde se aprende a partir del intercambio de ideas. Allí, ella hizo de todo, siempre con su calidez acompañada de una lúcida oralidad para allanar temas tan complejos. Intercambió un libro con una mujer boliviana que le agradeció sus palabras. Profundizó algún concepto a pedido de una antropóloga que la llamó “la reina de mi marco teórico”. Habló, enseñó, aconsejó, divirtió a las asistentes y las hizo pensar.


–¿Cómo surgió la idea del libro Claves para la negociación en el amor?

Alguien me preguntaba hace tiempo ¿qué tiene que ver el feminismo con el amor? Estaba como horrorizada de que yo como feminista hablara del amor. Y yo aproveché para contar que el amor ha sido uno de los grandes temas del feminismo de todos los tiempos y ha estado en el centro de las preocupaciones vitales de las feministas. Es una clave importante la condición de modernidad de mujeres como feministas que reflexionan sobre el amor por un lado, pero al mismo tiempo, rebeldes, subversivas, trastruecan el contenido, se preocupan por cambiar el contenido del amor. O sea, se vuelven críticas del amor y una de las críticas más importantes de las feministas y por ende de los feminismos ha sido la crítica del amor hegemónico. Entonces no se usaba esa palabra pero desde Gramsci para acá planteamos la hegemonía. Yo desde ahí he hecho mis reflexiones personales sobre el amor como investigadora, como antropóloga. Me interesó mucho mirar la hegemonía amorosa y qué papel jugaba en nuestras vidas pero también en eso que en antropología llamamos la organización social de género. Entonces para mí ha sido un tema constante. Mi libro “Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas” –fíjense los nombres de los estereotipos simbólicos– está atravesado por el amor. Es un libro, en parte, sobre el amor como cautiverio. Yo recuerdo que en el examen de lo que fue mi tesis doctoral alguno de los sinodales se quejó de que no hablase yo de las dulzuras del amor. Le dije “estás leyendo un libro sobre la opresión amorosa, por favor ubícate”.

La frase provocó una de las primeras carcajadas del público, que fue de la reflexión a la risa, durante la hora y media que duró el encuentro.

Fui de la investigación empírica de las mujeres concretas –relató Lagarde–, con sus guardianes de los cautiverios, con sus directores espirituales, políticos, líderes, todos los hombres con los que convivimos las mujeres, y fui encontrando esos estereotipos simbólicos. Esos son el resultado de la investigación, no fueron la hipótesis. Fue el resultado después de entrevistar más de 100 mujeres de distintas clases, de distintas etnias. Estudié en muchos ámbitos diferentes qué pasa con el amor y qué pasa con la vida cotidiana de las mujeres en ese entorno amoroso supuesto. Bueno, yo a eso le llamé cautiverio. No es nada más una metáfora. Es un verdadero cautiverio. Yo me tomé la palabra de los textos medievales. Estaban cautivas las mujeres encerradas material y simbólicamente, pero sobre todo políticamente. He tenido desde entonces para acá una observancia política del amor, no concibo el amor sin el análisis del poder que implica el contrapoder, la falta de poder, la construcción de la dominación, la construcción del encantamiento, porque el cautiverio en muchas ocasiones implica que las mujeres nos sintamos cautivas, viviendo entre rejas, entre muros altos sin poder salir, entre puertas y ventanas cerradas, todo ese mundo difícil de la vida amorosa a la usanza. No la que nos inventan, que nos fantasean, que nos idealizan como el espacio de la gran felicidad, sino la que se da en la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres por lo menos en mi país. (...)

El cautiverio implica también el estar encantadas, cautivadas, a través de los mitos, de las ideologías amorosas, que son de lo más importante para que la vida se de como se da. Esas ideologías no se estudian en las facultades de las ciencias políticas, en casi ningún lugar, salvo en espacios feministas. Y eso es lo que está en el origen de por qué yo me interesé en el tema y lo investigue como antropóloga. Pero luego como feminista tallerista, activista, lo he trabajado muchísimo. Las negociaciones en el amor vienen de un taller que di en Nicaragua hace muchos años. La palabra “negociaciones” viene de Clara Coria, que además de mi amiga es mi maestra. Lo que ella dice es que para entender que tienes que negociar o que ahí hay negocio, nos cuesta un rato a las mujeres. Porque creemos que es una relación que no tiene nada que ver con las negociaciones ni nada, y “pongo el corazón por delante, las hormonas y la pasión total y absoluta, y cómo voy a pensar en negociar, eso sería tramposo, traidor y heriría los sentimientos de otra persona...”

–Los hombres no piensan eso...

–Los hombres luego te digo cómo. Lo que yo quería resaltar en el taller es que la negociación primera que hay que hacer es interna. Una con una misma. Esa mismidad, que es también un tema que he trabajado toda la vida, me parece básica para el amor. Quién diría, cuando en el mundo allá afuera nos dice a las mujeres que no seamos egoístas, y que hay que ver al otro. O sea, una cosa exótica. Cuando nosotras apenas nos vamos viendo a nosotras mismas, ya nos llaman a ver al otro. Cuando son los hombres los que apenas están descubriendo que viven en el mundo junto a otras personas. En cambio, lo que Clara nos dice en sus bellos textos es que antes de salir a decir esta boca es mía, tengo que ponerme de acuerdo conmigo misma, porque si no, sin tomar decisiones me voy a poner en bandeja de plata a la otra persona que sí va a negociar, sea quien sea.

En el libro dice que para las mujeres es muy fuerte el definir la identidad a partir de a quien amamos, y para los hombres no es así. Y también, que “el primer principio para el amor es el no te creo”. ¿Cómo es eso?

El “no te creo” porque las mitologías amorosas construyen creencias y las mentalidades desarrolladas en las mujeres son mentalidades de fe, de creencias, de dogmas y en lo primero en que se nos hace creer es en los demás y no en nosotras mismas. Y veamos qué es lo que hacemos nosotras para ir logrando que las mujeres confiemos, en el sentido de confiar en alguien. En primer lugar que confiemos en nosotras, porque el sentido común es creer en los demás, en creer en sus palabras. Es más, tanto “el no te creo es válido”, como el “créanles”. Porque los cónyuges te dicen muchas cosas y no les crees. Y tratas de convencerlos. Y te avisan. Y quiero decirlo por el tema de la violencia, muchos hombres anticipan verbalmente la violencia física o verbal, anticipan la violencia económica, patrimonial y no le creemos hasta el día que actúan: te destruyen tus cositas, te cortan tu ropa, te empujan. Pero ya te lo habían dicho.

–Pareciera que las mujeres, que son tradicionalmente las cuidadoras, no saben cuidarse a sí mismas.

Esa es una de las más graves estructuras patriarcales. No es que no se nos dé cuidarnos, es que lo perverso del orden patriarcal es tener millones de especialistas en cuidar a los otros. Millones enseñadas a descuidarnos en parte. O a cuidar mucho ciertos aspectos de nosotras, de nuestra vida, que no necesariamente son los prioritarios, con el descuido de otra parte de nuestras vidas. Y el amor como lo conocemos tiene una gran parte de cuidado. Y en el modelo más tradicional es cuidado absoluto, cuidado del cuerpo, de la sexualidad del otro, del placer del otro, de la casa del otro. O sea, lo totalitario patriarcal es un cuidado absoluto, pero al mismo tiempo con cierto descuido en tu salud, o en tu formación, o en tu espiritualidad. Y también mientras más nos descuidemos, más está el deseo profundo, inconsciente de ser cuidadas, entonces las mujeres cuidamos por carencia, no por convencimiento y necesitamos cambiar eso si queremos cambiar la forma de amar a la pareja.

–¿Qué les pasa a las mujeres cuando esperan que las amen como ellas aman y no les devuelven eso?

–Pues hay una gran frustración. Hay una gran tristeza. Hay un duelo. A veces no lo hacemos. Nos cuesta mucho hacer ese duelo. Pero si queremos dejar de tener la fantasía de que nos amen como nosotras amamos, tenemos que hacer el duelo del reconocimiento de que no se puede. Entonces, más bien veamos cómo se puede, qué sí se puede, en estas condiciones, con estas personas y dejemos de fantasear, omnipotentemente, que podemos cambiar al otro para que nos amen como queremos que nos amen.

Fuente. Página 12 - Por Sonia Santoro.-

jueves, 26 de septiembre de 2013

CHISTES, PIROPOS Y MINUES: LAS ESTRATEGIAS DEL MACHO ACORRALADO




“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta.

Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.

“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta.




Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.



Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima.

Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente.

Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein…
Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”.

Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones?

La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; 
 hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio.




Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no  podía ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo.

Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa.
Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.

EL VOTO FEMENINO

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que ibamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que lógicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la política como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.


Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril!


Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad,y  que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.

FUENTE: KAOS EN LA RED - por la Dra. Diana Maffía