viernes, 8 de junio de 2018

MÁQUINAS DE VIOLENCIA







¿Por qué los hombres matan a las mujeres? En la inmensa mayoría de los casos, porque no hacen lo que ellos quieren o porque no pueden poseerlas completamente. Por decir un número: en la provincia de Buenos Aires, donde reside el 39 por ciento de la población de nuestro país, los femicidas fueron ex parejas en el 75 por ciento de los casos. ¿Por qué será? ¿Por qué será que se desata la violencia homicida cuando ellos se convierten en ex? ¿Será porque sienten que ellas salieron de su control? ¿Y cómo se genera esta idea loca de que se puede poseer a una mujer? Son siglos de trabajo abnegado de un sistema de opresión llamado patriarcado –literalmente, “gobierno de los padres”– que se reproduce a sí mismo por la seducción o por la fuerza. Las brujas quemadas al fin de la edad media, las amas de casa sostenidas adentro de sus hogares inmaculados a fuerza de antidepresivos, las que todavía son lapidadas hasta la muerte en Medio Oriente por el atrevimiento de gozar del sexo por fuera del matrimonio; el hecho de que a todas nos vean “solas” cuando no hay un hombre al lado –y no importa si la que está al lado es tu pareja o tu compañera sexual–, la idea instalada del instinto materno –animalitas del señor, ellas quieren reproducirse a toda costa–, la figura de la media naranja, el amor de tu vida, las reinas del hogar, o peor, el corazón del hogar. Los cuentos maravillosos que todavía se estudian en las escuelas primarias y que siempre terminan en matrimonio –frente a la envidia de la fea de la madrastra–, las telenovelas, los boleros, el trap, las revistas llamadas femeninas, las publicidades que insisten en la felicidad de dejar la casa libre de gérmenes, la idea cristalizada que las “peleas” se solucionan en la cama, que los varones tienen “necesidades” sexuales y en cambio las mujeres están enfermas cuando les gusta disfrutar del sexo. La lista es infinita y si tuviera que describirla en tres palabras diría: es una máquina de violencia. La reproducción de un modelo de familia, de los roles de género que es necesario cumplir para poder salir en la foto, la frustración de no poder cumplir con el objetivo, el encierro que produce el contrato de fidelidad superpuesto al juramento de amarse para toda la vida; todo eso es violencia y esa violencia, en la mayor parte de los casos –casi el 70 por ciento del registro de episodios de violencia “doméstica” en la Ciudad de Buenos Aires tiene como víctima a una mujer– las que lo sufren se reconocen en femenino. Sobre el porcentaje remanente, la mayoría son niños y niñas. La pareja, más especialmente la pareja heterosexual, tal como la conocemos, es una máquina de violencia. Las mujeres y las niñas corren más peligro dentro de sus casas que fuera de ellas, saberlo lastima, enfrenta al más siniestro de los terrores que es que vuelve ajeno lo que se supone cotidiano, filoso lo que nos presentan como blando, helado lo que debería ser abrigo. Pueden enfurecerse, sacar ejemplos particulares de felicidad conyugal, creer que el amor todo lo cura pero lo cierto es que una estructura que está pensada y alimentada desde prácticamente todos los discursos sociales y culturales para sostener el gobierno de los padres y para articular un régimen de control sobre las generaciones que desde ese encierro se aventuran al mundo. Cuando las ex hijas de genocidas desprecian la filiación de sangre y contra todo contrato de confidencialidad –que también se da en las familias, aquello de los trapos sucios que se lavan en casa– hablan de lo que lo que no toleran más y se desasocian de una complicidad que les habían impuesto señalan de qué se trata la familia y la pareja como lugar de fundación de la familia: un lugar de encierro donde la fantasía de los buenos vecinos que riegan el jardín delantero se desarma. La crueldad se alimenta del encierro, por eso los campos de concentración donde la crueldad podía ejercerse porque después saldrían con la camisa limpia y la raya del pantalón bien planchada. Esas hijas son subversivas, mal que les pese a los que fueron sus padres. Subversivas de un orden que antecede a la dictadura y que la sucede, aun cuando en ese periodo de terror extremo que se hayan sujetado más fuerte las sogas de los lazos familiares para dejar afuera a las que no sabían ejercer el control que debían: “¿Usted sabe dónde está su hijo ahora?” Igual de subversivas son las madres que denuncian a los progenitores de sus hijos o hijas por abuso sexual, o las niñas y niños mismos cuando pueden hablar, apuntan al corazón del gobierno de los padres exhiben cómo la opacidad de las paredes de un hogar y los atributos de un mandato pueden traducirse en crueldad. Entonces, ¡silencio! Apunten contra las que hablan y salven a quienes perpetran. Así actúa la Justicia patriarcal, así se defienden a diario los que se sienten amenazados por la revolución feminista que lo cuestiona todo, que lo quiere cambiar todo y que no va contra el deseo heterosexual si no contra un modelo de pareja, de amor, de familia; obligatorio y violento que, mal que les pese a muchos y a muchas, es un riesgo para la vida, sobre todo de las mujeres.

Fuente: Página 12 - Por Marta Dillón.-

martes, 29 de mayo de 2018

FEMICIDIO: 17 AÑOS DESPUÉS, EL ULTIMO JUICIO

Título original: El último juicio, 17 años después

Los padres de la joven secuestrada, abusada sexualmente y asesinada en 2001 declararon en el proceso contra Ricardo Panadero, sobreseído al comienzo de la investigación.


Con el testimonio de Gustavo y Laura, los padres de Natalia Melmann, comenzó en Mar del Plata el juicio oral contra el cuarto policía involucrado en el femicidio de la adolescente, ocurrido en 2001 en Miramar. El acusado es el policía bonaerense Ricardo Panadero, quien al principio de la investigación había sido sobreseído, mientras que los otros tres acusados, Ricardo Suárez, Oscar Echenique y Ricardo Anselmini, fueron condenados a prisión perpetua en el primer juicio, realizado en 2002. En el momento del hecho, en los juicios no se había incorporado como agravante la violencia de género, de manera que Panadero –al igual que sus cómplices– es juzgado por privación ilegal de la libertad, violación y por el homicidio de la joven, un típico caso de femicidio. Los padres de Natalia recordaron que en el cuerpo de la víctima encontraron ADN de Panadero, motivo por el cual cuestionaron a la Justicia por la demora en juzgarlo y por la decisión que hoy les permite, a los tres condenados, gozar de salidas transitorias cada 15 días (ver aparte). 

Gustavo Melamann le repitió a PáginaI12 lo que había dicho ante los jueces del Tribunal Oral 4 de Mar del Plata: “Lo que pedimos es una condena ejemplar porque desde el principio se sabe que Panadero participó en el crimen de mi hija y con su condena, se va a terminar de hacer justicia”. Laura, la mamá de Natalia, recordó que Panadero tuvo “la misma responsabilidad que los otros policías condenados; parece mentira que hayan pasado 17 años para que lo juzguen, cuando el ADN de Panadero siempre estuvo en el cuerpo de mi hija y es increíble que no hayan querido juzgarlo   hasta ahora”.

“El cuerpo de mi hija tiene quemaduras de cigarrillo y el único que fumaba de los policías era Panadero. Yo se que el hecho de que vayan presos o no, no me devuelve a mi hija, a quien no puedo abrazar, no le puedo hablar, no puedo besarla, pero igual saco fuerza para seguir por mis otros hijos, por mis nietos, que me necesitan”, recalcó Laura. Mientras tanto, Gustavo Melmann insistió en señalar que “no hay ninguna duda de la participación de Panadero en el crimen de Natalia”. Dijo que esperan que la Justicia “condene a este sujeto, como a los otros tres policías que fueron condenados a perpetua”. 

El juicio a Panadero está a cargo del Tribunal Oral 4 de Mar del Plata, integrado por los jueces Jorge Peralta, Fabián Riquert y Juan Manuel Sueyro. El sargento Panadero llegó al debate acusado de los delitos de “privación ilegítima de la libertad agravada por el uso de violencia, abuso sexual agravado por acceso carnal y por la participación de dos o más personas y homicidio agravado por la participación de dos o más personas y criminis causa”, es decir que asesinaron a la víctima en un intento de ocultar los delitos iniciales, el rapto y el abuso sexual. El cuerpo de Natalia Melmann fue hallado el 8 de febrero de 2001 en el Vivero Dunícola de Miramar, cuatro días después de su desaparición.

Fuente: Página 12 - Por Carlos Rodriguez

DEL ABUSADOR NO SE HABLA

Título original: Infancia robada 


La nena llora acurrucada en los brazos de una mujer extraña, que conoció apenas el día anterior. Pero que la abraza. La abraza fuerte, como queriendo espantar fantasmas. Esa mujer y otra compañera del Foro de Mujeres por la Igualdad de Oportunidades de Salta, mujeres de corazón feminista, se acercaron a su casa, en un barrio pobre de la capital salteña, para poder ofrecerles a ella y a su familia lo que necesiten, y especialmente, contención e información. No es fácil la escena. Sienten impotencia. También ellas lloran. 


La nena tiene un embarazo que nunca buscó. Y que es consecuencia de los abusos sexuales a los que la sometía la pareja de su mamá. Ese hombre, que seguramente se excitaba con el sometimiento y la humillación de la pequeña, está preso. Pero su mamá ahora que él no está, no tiene con qué parar la olla. No tiene nada. No pudo cumplir con las casas a las que iba a planchar y limpiar. Pide ayuda, lo que sea, dice. Tiene la mirada perdida, y en brazos un bebé de un año y medio, que seguramente tuvo con quien torturaba hasta hace poco a su nena, la segunda de sus hijas, la que cumplió 11 años en febrero. La mayor tiene 13. Pero de ese hombre no se habla. No es momento.

En la misma casa vive la abuela, que tiene unos 45 años, y que cuenta que ella también fue abusada por su propio hermano. Dice que no le creyeron, ni sus padres. Ni nadie. Y a los 11 años, producto de esos abusos, tuvo a la mamá de la nena, esa nieta que ahora, a esa misma edad, vive una historia repetida. ¿Cómo romper con esa cadena de abusos perpetrados por varones que se consideran con derecho a apropiarse de cuerpos de niñas vulnerables? Por eso, entre otras razones, queremos que caiga el patriarcado. 

La nena tiene el cuerpo esmirriado, flaquito, y ya se le empieza a notar eso que tiene ahí, que va creciendo y deformando su vientre, que nunca deseó y que tal vez, todavía no termine de comprender de qué se trata. 

En febrero la mamá la llevó al Hospital Papa Francisco, del barrio Solidaridad, en la capital salteña, porque le dolía la panza. Le hicieron análisis de sangre y orina, buscando un problema en el hígado o gastrointestinal. La mamá los muestra. Tienen fecha del 17 de febrero. En ese momento, la gestación llevaba 8 semanas aproximadamente. Pero le dijeron que la nena estaba constipada, que tenía materia fecal atascada, recuerda. Si en ese momento la hubiera atendido un equipo interdisciplinario atento, preparado, para ver más allá, quizás podría haber sospechado, captado algún otro síntoma –que seguramente exhibía– de los abusos y pensar en la posibilidad de un embarazo forzado. Pero nada de eso pasó y la mandaron a la casa. 

La nena tenía otra mierda atascada: las palabras, la posibilidad de contar, de romper el silencio y decir que eso que le venía haciendo la pareja de su mamá, no le gustaba. Es probable que la tuviera amenazada para callar. Como suelen hacer los perpetradores de abuso sexual a niñas. La mayoría de estos episodios ocurren en el ámbito intrafamiliar. La nena ahora juega con su hermanita más pequeña. Su mamá muestra que también le indicaron otros análisis de sangre y orina en marzo: tienen fecha del 15 de marzo. Tampoco ahí se buscó constatar un embarazo. Ya rondaba las diez semanas. 

El aborto en esa instancia hubiera sido más sencillo. Incluso, con el marco normativo restrictivo que impuso hace seis años el gobernador peronista Juan Manuel Urtubey, hubiera podido interrumpir esa gestación en un hospital salteño, siempre y cuando, claro, no le pusieran algún otro obstáculo arbitrario e ilegal. ¿Le habrían informado sobre el derecho a un aborto en casos de violación en el mismo hospital? 

La asesora de Incapaces, Patricia González, le hizo firmar a la madre, su beneplácito para continuar con la gestación. Lo hizo antes de que Urtubey derogara, el jueves, el protocolo restrictivo que establecía un límite de 12 semanas para el aborto en casos de violación. Es probable que también le haya dicho que en Salta no tenía derecho a un aborto porque superaba ese plazo. Después del escarnio público que forzó al gobernador a adherir al Protocolo Nacional, que sigue los lineamientos de la Corte Suprema para casos de abortos legales, la mamá recibe insistentes llamados de funcionarios públicos del gobierno salteño, para preguntarle si ahora la nena va a abortar. ¿Se puede ser tan perverso?

Apenas unos días antes, a la mamá le dijeron que con un aborto “van a morir los dos”, en referencia a la nena y el producto de la violación. ¿Se lo dijeron funcionarios públicos del hospital Materno Infantil de Salta, donde le detectaron finalmente la gestación el 9 de mayo, a la semana 19 o de Tribunales? Qué importa a esta altura. La mujer, claro, está aterrada. No quiere que su hija corra riesgos. Pero los corre. 

Primero la violó un varón. Después, el Estado, con sus tentáculos patriarcales. 

La nena pesa alrededor de 32 o 35 kilos, según estimaron quienes la vieron. Con ese peso va a cursar un embarazo de alto riesgo. El aborto, con casi 22 semanas de gestación, tampoco sería un procedimiento sencillo, aunque no imposible. ¿Quién está en condiciones de tomar la mejor decisión, poniendo por delante el interés superior de la niña, que sin dudas es su salud, física y psíquica? 

Pienso en esa madre, en esa nena, en su abuela y en tantas otras nenas abusadas, embarazadas, despojadas de sus derechos, con un Estado que les da la espalda, que las ignora. Y lloro. 

Fuente. Página 12 - Por Mariana Carbajal 

miércoles, 16 de mayo de 2018

SEMANA DEL PARTO RESPETADO: PARIR ES UN HECHO POLÍTICO

Título original: El parto es un hecho político

Cuando deseamos ser madres, ¿cómo sobrevivimos al maltrato y la violencia? ¿Cómo recuperamos el protagonismo? La medicina tiene poder para decidir sobre el cuerpo de las mujeres con cesáreas innecesarias e intervenciones rutinarias. A veces el personal de salud no recuerda nuestros nombres y nos llama mamá o mamita. En la semana del parto respetado contamos algunas historias que buscan desnaturalizar la violencia obstétrica.




Voy por la semana 37 de embarazo. Acabo de entrar en la sala de preparto. La partera me hace el tacto más doloroso del mundo. Sufro en silencio, se me caen las lágrimas.

- Está verde. Puedo ponerte el goteo pero podemos seguir 24 horas así. Y no te aseguro que dilates.

Siento pánico. Llama al obstetra y le avisa que estamos listas para ir al quirófano. Ella estará lista, yo no. Caminamos juntas, yo con mi bata de hospital, ella con su ambo azul. Son 20 o 30 metros. Tiemblo. Me da la mano, me la dará durante todo el proceso.

Abrimos la puerta. La sala es impoluta, blanca radiante, llena de luces. Hace frío. Es la segunda vez que estoy en un quirófano. Un año atrás el mismo médico me operó un mioma subseroso más grande que mi útero: creció con las hormonas de un embarazo perdido en la semana 9 y había que sacarlo antes de intentar otra vez. Llegué a él por recomendación de una amiga. Era el quinto médico al que iba: ninguno me había parecido comprensivo ni me había explicado suficiente. En una de esas consultas, un ginecólogo mediático que milita a favor del derecho al aborto me dijo:

- A mí todo tu deseo de ser mamá y lo triste que estás no me importa. Yo te voy a explicar lo que pasa de acá hasta acá.

Y dibujó algo que simulaba ser un cuerpo femenino: una raya por encima del estómago, otra sobre los cuádriceps. En el medio, la parte que a él le importaba: el órgano reproductor.

Otra vez me tocó uno que apenas escuchó el relato puso fecha para la operación. Nunca me preguntó cómo estaba ni se acordó cómo me llamaba. Menos intentó explicarme que uno de cada cinco embarazos no continúan.

Elegí al médico que me operó casi por cansancio, un poco por temor. La intervención fue en diciembre, antes de las fiestas. Anestesia completa, dos días de internación, hotelería de lujo, sin lugar para muchas preguntas.Tuve que llamar al médico por teléfono para que me diera el alta.



En la primera operación llegué al quirófano acostada, ahora entro caminando. Me subo a la camilla sola, me acuesto.





- La cosa es así: tenes que apoyar los brazos en los estribos y si te movés te vamos a tener que atar. ¿Está claro?

¿Atar? ¿De verdad me están diciendo eso? El anestesista me interrumpe el pensamiento.

Me incorporo, me explica que si me muevo no me hará efecto la peridural. No reconozco ese estado, me siento una muñeca de trapo. ¿Así era parir? Después todo pasa muy rápido. Me untan con pervinox, hacen pasar a mi compañero -la partera le dice que mire de costado porque estoy desnuda en la camilla con la luz encandilando mi cuerpo dormido y pintado de una sustancia oscura-. Él hace caso, creo. Ya no siento desde la cintura para abajo. Solo percibo que mi cuerpo se mueve para un lado y para el otro, como los autos cuando el mecánico prueba si funciona la suspensión. En esa distracción estoy cuando el anestesista, un hombre robusto de cuarenta y tantos, se me sube encima y me aprieta la panza desde arriba hacia abajo. ¿Qué es esto?

Después pierdo la concentración en el bebé y escucho el ruido de los instrumentos quirúrgicos, el movimiento de las por lo menos seis o siete personas que están del otro lado de la cortina que divide mi cuerpo en dos. Recuerdo apretarle la mano fuerte a la partera, el calor de los brazos de mi compañero sobre mi cabeza.


Ilustración: Florencia Gutman


Hay experiencias mucho peores. La cesárea impuesta por comodidad del obstetra, la falta de respeto por el tiempo del embarazo, la prohibición de tocar al bebé cuando nace, la sala impoluta con luces de interrogatorio apuntando, las conversaciones ajenas sobre temas diversos, el anestesista subido a la panza. Las escenas se repiten en los relatos de las decenas de mujeres que entrevisté. A Carolina le confundieron el nombre durante el parto y la llamaron mamá, mamita, mami, gorda. A V. le rompieron la bolsa sin necesidad. A Natalia le hicieron una cesárea innecesaria (la Organización Mundial de la Salud sugiere un 15 por ciento, en hospitales públicos llega a más del 30 y en privados a más del 70). La episiotomía es rutina (la OMS recomienda no hacerlas de manera rutinaria, en Argentina la cifra llega al 60 por ciento en primerizas). Y escasea la información: no te explican los procedimientos, deciden por vos, te dejan sola. La ley 25.929 de Parto Respetado sancionada en 2004 establece que las mujeres pueden atravesar el preparto, parto y posparto acompañadas. Pero según el Observatorio de Violencia Obstétrica de Las Casildas, una de cada cuatro mujeres lo hace en soledad.



El primer hijo de Malena nació por cesárea. El bebé venía de cola y no hubo médico que se animara a intentar un parto vaginal. Ella fue la primeras de su grupo de amigas en quedar embarazada y la información que consiguió fue a través del obstetra y de un grupo de maternidad respetada. Después de la operación quedó golpeada, como si hubiera tenido la culpa de no poder parir, como si no hubiera querido.

Dos años y dos meses después le pasó lo mismo con el segundo hijo: el bebé estaba en posición podálica. Pero esta vez la obstetra la esperó hasta la semana 40 y el parto se desencadenó con contracciones. Cuando ya estaba todo listo para la cesárea, en el quirófano del Sanatorio Anchorena, el anestesista la pinchó:

- Todavía siento las piernas – dijo ella.

- Estás asustada – le respondió.

La obstetra empezó a cortar y Malena pegó el grito de su vida. La entubaron y durmió durante el nacimiento de su segundo hijo.




Tres años después volvió a quedar embarazada. Ya no tenía expectativas: en Argentina dos cesáreas son una condena perpetua, aun cuando la OMS dice que no hay pruebas que lo justifiquen y recomienda intentar partos vaginales (PVDC). En los grupos de Facebook sobre maternidad las mujeres se incentivan unas a otras para lograr partos que respeten los tiempos fisiológicos de los cuerpos de mamás y bebés. Eso incluye el parto vaginal, la no inducción sin justificación, la no ruptura de bolsa sin necesidad y muy especialmente la elección de la posición durante el trabajo de parto y parto y el respeto por la hora sagrada. “Ningún procedimiento de observación del bebé justifica la separación de su madre”, dice la OMS. Cada parto después de una cesárea es un logro compartido y celebrado con cientos de comentarios y me gustas.

En las últimas semanas de embarazo la beba de Malena se colocó en el canal de parto. Si quería parir había que hacer el trabajo en casa y llegar justo a la clínica. La segunda noche de contracciones, la partera la visitó:

- Tenés ocho de dilatación. Si querés tener un parto natural, podés.

Malena lloró.

Dos horas y un par de pujos después nació su tercera hija.

 El parto como hecho político



María entró en el hospital y quedó conectada al suero, Sabrina peleó porque no quería tener puesto el monitoreo del bebé ni estar acostada. Desde esa posición el médico tiene la vista privilegiada en el momento del nacimiento y nos ordena qué hacer. Estamos embarazadas pero nos tratan como enfermas. Las mujeres que parimos sabemos que los avances científicos disminuyeron la mortalidad materna a cifras impensadas hace apenas cien años aún sin alcanzar las cifras que exige la ONU. La tecnología que usan los neonatólogos también redujo la mortalidad infantil.



Bárbara tenía fecha de parto para el 25 de diciembre. La obstetra, que fue su ginecóloga de toda la vida, la esperó hasta la semana 41. Durante los monitoreos previos ella no dilataba ni sentía dolor. La beba se movía, la panza se puso dura pero nunca llegaron las contracciones de parto. El 28 la médica le dio un ultimátum: el fin de semana se iba de vacaciones. Le hizo tacto y apenas tenía dos centímetros de dilatación.

- Te recomiendo que te vengas a internar mañana y hacemos una inducción. El bebé está para parto y sino vamos a entrar en riesgo.

Bárbara le creyó: es la mejor opción, se dijo. La idea del riesgo asusta. Recién después del parto, ya con la beba en casa, pensó “¿y si hubiese esperado unos días más? Por ahí ese no era el momento”. Pero la voz autorizada es de la médica. La familia que esperaba al primer nieto y al primer sobrino también presionaba: “¡Es la semana 40!”, decían todos. Bárbara y su compañero sintieron que eran ellos los que estaban decidiendo y el 29 de diciembre llegaron a la Maternidad Suizo Argentina.

Nadie les explicó cómo es el proceso de inducción. Entraron en una sala que le parecía un quirófano, “un lugar horrible”, frío, con luces blancas, gente con barbijos. “¿Acá voy a parir?”, pensó Bárbara.

- Desvestite y ponete la bata – le dijo una partera desconocida; la del curso estaba de vacaciones.

Cuando deseamos ser madres, ¿cómo sobrevivimos al maltrato y la violencia? ¿Cómo recuperamos el protagonismo? 

Bárbara obedeció la orden y se acostó. El equipo médico puso en marcha el listado de procedimientos de un parto intervenido:  le conectaron la oxitocina y el suero, le pusieron el monitoreo para controlar las contracciones y corazón del bebé. Después le pincharon la bolsa para acelerar. Le pusieron la pelela para hacer pis. La peridural llegó con ocho de dilatación, una hora antes del nacimiento.

Durante las seis horas que duró el trabajo de parto la obstetra iba y venía de la sala, la revisaron varios médicos, escuchó conversaciones sobre otros temas: se enteró que alguien se había olvidado el cargador del celular, que otro se iba de vacaciones en enero y que un tercero era aficionado al buceo.

Antes de que llegue el anestesista, la obstetra dijo:

- Mirá, falta un poco porque no terminó de bajar pero yo quiero que sea parto, esto va a ser parto. Yo ahora me voy a hacer una cesárea y cuando vuelva vemos.

Bárbara lo vivió como un ultimátum. Después ya nadie le explicó, ella fue adivinando mientras le daban órdenes. “Ahora empezá a pujar. Cada vez que sientas la panza dura, pujá”. Cuatro o cinco veces alcanzaron para que nazca la beba. Por las dudas le hicieron una episiotomía de rutina.

“Mientras me cosían, entraba y salía gente. Yo estaba contenta porque había salido todo bien, estaba sana, la beba también. Estaba eufórica. Después pensándolo me pregunto ¿qué onda? No tiene por qué ser así”, dice.

Al final, antes de ir a la habitación, la obstetra la miró y le dijo:

- Te felicito, yo sabía que ibas a poder tener parto porque hay algunas que no quieren ni pujar.



Cuándo empezamos a parir acostadas, cuándo fuimos a tener hijos a una institución, cuándo cambiamos las parteras y matronas por los obstetras, cuándo nos sometimos al poder médico, cuándo decidimos acatar órdenes, cuándo naturalizamos la violencia. Desde cuándo necesitamos leyes y protocolos para combatir la violencia contra las mujeres dentro de la sala de partos.



Violeta parió a su primera hija en Colombia. Fue una cesárea de apuro: no por riesgo de vida sino porque el médico se iba de viaje. Las cicatrices sobre el cuerpo pesan como sellos que no se borran y marcan los destinos de muchas mujeres. A Violeta le costó recuperarse, más que de la cesárea, del primer encuentro con su beba. “Recuerdo estar en la habitación mirándola y diciéndome “ok, ésta es mi hija”. Era como tener que poner racionalidad y cultura donde tendría que haber instintos”. Ahí, justo después del atropello, comenzó para ella la militancia por el parto respetado. Y seis años después parió a su segunda hija en su casa. No hubo corridas ni intervenciones, sino una mujer y su compañero varón (que es partero) haciendo lo que soñaban. Nadie le puso un dedo encima, no hubo ruptura ni rareza en el encuentro. Fue como haber estado siempre ahí.


Violeta canaliza su experiencia en Las Casildas y Fortaleza 85, los espacios en los que lucha para que las mujeres puedan tomar sus propias decisiones. “Ingresaste en la institución caminando pero estás en una silla de ruedas. Y te enchufan un suero: eso ya muestra el poder simbólico, es el cordón umbilical que te ata a la institución. De la misma manera que la vida de tu bebé depende de tí, a través del cordón umbilical, tú de aquí en adelante dependes de la institución. Y ahí quedaste. Luego te acuestan, te restringen el movimiento, estás mirando para arriba mientras los otros trabajan sobre tí. Lo que está pasando no tiene nada que ver contigo”, dice. 

El rey Luis XIV de Francia quería presenciar el parto de sus hijos y ordenó a su esposa María Teresa de Austria que se acostara: sin saber que esa postura dificulta los movimientos, armó el escenario para tener una vista privilegiada. La aparición de obstetras profesionales desplazó a las parteras y desechó los saberes transmitidos por otras mujeres: los médicos estudian para salvarnos la vida. Las políticas higienistas de los Estados de fines del siglo XIX y principios del XX construyeron una forma “correcta” para los nacimientos. “El parto intervenido, medicalizado, es sólo un aspecto de la nueva concepción fuertemente biologista de la reproducción humana y de la salud humana en general. Y son las instituciones de la salud espacios en los cuales estos procesos encuentran su lugar”, explica la filósofa Laura Belli en La violencia obstétrica: otra forma de violación a los derechos humanos. No es casual, para ella, que la aparición de la obstetricia como disciplina hace que las mujeres nos subordinemos al saber médico. La experiencia del nacimiento cambia de territorio: de la casa en las que las mujeres estaba rodeadas de otras mujeres, se pasa a las instituciones de salud, donde hay profesionales, personas extrañas a la parturienta y una “idea de asepsia que se enfrenta” a la posibilidad de compañía.

La partera Raquel Schallman explicó el cambio: “hace 70 años las mujeres parían en su casa o en la de la partera, eso de los partos institucionales apareció después. El parto era una instancia fisiológica, como hacer el amor, como menstruar, así que ir al hospital no tenía ningún sentido. En la institución se diluye todo: el deseo, el amor, el placer. Diluyendo eso, la institución te garantiza que si hay un ‘quilombo’, entre todos se van a ocupar de hacerlo desaparecer”.

Si pensáramos en una genealogía del parto, necesitaríamos entender “cómo un hecho sano, fisiológico y que respondía a la vida íntima y familiar de esa mujer de pronto pasa a ser asunto de los cirujanos. Porque los obstetras son cirujanos y se forman en las universidades como héroes que salvan vidas”, explica Violeta Osorio.

Para el sistema médico hegemónico la salud equivale a que la mamá y el bebé tengan signos vitales: “lo que les importa es que no perdiste una pierna en el camino y que tu hijo está respirando. No tienen en cuenta ni la parte emocional, ni psicológica aún si saliste destrozada emocionalmente”.


Fuente:Revista Anfibia - UNSAM  - Por Leila Mesyngier 

sábado, 28 de abril de 2018

TRABAJO EN EQUIPO PUDIERON CON 13 AÑOS DE VIOLENCIA DE GÉNERO






Antenoche se trabajó en equipo...son sólo unos minutos de lectura....que te llevará a comprender la importancia del TRABAJO EN EQUIPO.
Todxs nos abocamos rápidamente a los 13 AÑOS DE VIOLENCIA DE UNA VÍCTIMA, DE NO PODER HACER HABLAR DE LA SITUACIÓN que atravesaba ella y sus hijos ...hasta que PUDO, NO TUVO MIEDO, NI VERGÜENZA...preservó su vida y la de sus hijos, PRESERVÓ VIVIR UNA VIDA SIN VIOLENCIAS. Y lo logró!
Más allá que actuamos profesionales de Santiago del Estero; Montevideo, Mar de Ajo, Pinamar, Capital federal, y quien suscribe desde Bahía Blanca ( la víctima se encontraba en Pedro Luro y tuvo que buscar refugio en Mayor Buratovich, desde el lugar que desplegué las herramientas necesarias en horas nocturas [ horario de escucha de pedidos de angustias y pesares de las víctimas], debo agradecer que la voluntad y la rapidez en la que la Comisaría de la Mujer y la familia de la ciudad de Bahía Blanca operó facilitó a ser parte de este engranaje de rescate y puesta en marcha para que la víctima, al día siguiente , a las 7:40 de la mañana pueda nó solo volver junto a sus hijos y domicilio, sino a transitar este nuevo camino: UNA VIDA EN LA QUE ELIGIÓ VIVIR LIBRE DE VIOLENCIAS. 
COMISARÍA DE LA MUJER Y JUSTICIA ACTUARON A DERECHO. Cada unx de lxs participantes de la red nos ocupamos en la rapidez de despegar las herramientas para que HOY, una mujer ante un pedido de ayuda deseperado, pueda estar más tranquila. Queda ahora el seguimiento, empoderamiento y seguimiento que en el ESTADO se haga cargo de la responsabilidad que le compete.




Gracias!! Perla Prigoshin, Fabi del Mar; María Victoria Cruces , el abogado de Santiago del Estero - colega de la Dra. María Victoria Cruces y personal de la Comisaría de la Mujer y la Familia de la ciudad de Bahía Blanca.








Mónica P Bersanelli.-
Prof. - Psicóloga Social
Especialista en Atención y Prevención de la violencia.
Bersanellimonica@gmail.com

LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN GOZA DE BUENA SALUD

Título original: Nieve sucia.


En 2015 una estudiante sanjuanina denunció por abuso sexual a Enzo Lampasona, el coordinador que debería haber cuidado de ella durante el viaje de egresados. La empresa de turismo Snow Travel intentó impedir por todos los medios que la joven recibiera asistencia médica e hiciera la denuncia. En un fallo donde se desoyó el testimonio de la víctima y todas las pruebas científicas, un tribunal rionegrino acaba de absolver al acusado. El caso Lampasona no sólo destapa una cadena de complicidades que involucra a la empresa de turismo, el colegio y los medios, también deja al descubierto la industria de los viajes de fin de curso como un nicho en el que la cultura de la violación goza de buena salud.



Si te la buscás, la tenés: una fórmula antigua que no ha perdido vigencia. La repiten desde Nicolás Repetto hasta el tribunal que por estos días absolvió a Enzo Lampasona, acusado en 2015, cuando tenía 20 años, de “acceso carnal agravado por su carácter de guardador de la víctima”, una chica de 17 años a la que debía cuidar durante su viaje de egresados. 

El fallo de la Cámara Criminal Primera rionegrina que absolvió con el “beneficio de la duda” al coordinador, desoyó el relato de la chica, una decisión desconcertante si se tiene en cuenta la relevancia de esa prueba en este tipo de delitos. Tampoco se escuchó a los médicos que aportaron evidencias científicas de la violación, ni se tomaron en cuenta los videos que muestran cómo la chica lloraba y pedía ayuda ante la indiferencia de todos los adultos del hotel. Los representantes de la empresa, Snow Travel, tardaron horas en llevarla a un centro de salud e intentaron impedir que hiciera la denuncia. 

Otro dato sorprendente es que el fallo presenta como prueba un elemento al que ni siquiera había recurrido la defensa: que el disfraz que tenía puesto la chica estaba intacto. Pero lo que sí estaba roto era el cuerpo de la joven: con hematomas y un desgarro vaginal. Pequeño detalle.

LA SOMBRA DE UNA DUDA

Lo que realmente pesó en la sentencia fue la desconfianza sobre la palabra de la adolescente. Así lo indicó a este suplemento el fiscal Martín Lozada: “la sentencia impone el valor de la duda por sobre la declaración de la víctima y sus lesiones, las constataciones de tres ginecólogas, la declaración de un médico forense con más de 35 años de experiencia y los registros producidos por las cámaras de seguridad del hotel, que retratan la desesperación de la joven tras producido el ataque”. 

Otros comentarios sembraron sospechas sobre ella: por qué se volvió sola de la disco, por qué dejó su teléfono en el cuarto de los coordinadores, por qué dejó entrar a Lampasona a su habitación. ¿Suena familiar? El guion con el foco puesto en si la chica terminó la secundaria, si es fanática de los boliches, en el largo de la pollera.



Cuando se habla de “cultura de la violación” se hace referencia a un entramado que, en este caso, no empieza ni termina en la cabeza de los coordinadores de 20 años que estaban esa madrugada en el hotel, y que intentaron convencer a la denunciante y al primer médico que la vio de cubrir a Lampasona. Es una visión del mundo que se expresa en ejemplos más sutiles como éste, que cuenta una de las estudiantes que fueron al viaje: “Apenas llegamos al hotel, vamos a una charla de cómo iba a ser todo. La daba un comediante que personificaba a un varón y a una chica. La chica: una descerebrada que sólo pensaba en la mini que se iba a poner. El chabón: no le importa nada, sólo tomar y levantarse pibas. Hace tres años nadie conectaba una cosa con otra. Pero si después te ponés a pensar cómo se portó la empresa frente a la violación, cómo nos manipularon a todos... Nos dijeron a que ella estaba loca, que quería perjudicar a la empresa y arruinarnos el viaje”. 

A LA FIESTA HAY QUE PAGARLA

El paquete de turismo juvenil que las empresas ofrecen incluye dosis de misoginia. Eso cuenta Ana Carfagnini, del Colectivo El Margen de Río Negro, organización que a partir del caso Lampasona empezó a documentar relatos de las egresadas, de los que poco se conoce ya que a los chicos se los mantiene dentro de circuitos cerrados. Tienen sus propios hoteles, discos y centros de esquí. “Es un paisaje corriente de Bariloche la exacerbación de la fiesta y el descontrol por parte de los adultos que rodean, y se supone que cuidan a las chicas.” Desde El Margen hablaron con choferes, recepcionistas y otros empleados de los hoteles a donde llevan a los chicos. “Lo que se desprende de lo que cuentan es que las chicas están ‘a la buena de Dios’. Las empresas les dan ciertos disfraces: conejita, enfermera sexy. Y quedan expuestas así con el frío que hace acá. Nadie les pide DNI para venderles alcohol. Los coordinadores las abordan en grupo, varios contra una. Te ofrecen camperas a cambio de favores sexuales. Las traen a un lugar que ellas no conocen. Los coordinadores casi siempre son mayores. Y las agencias los cubren.” Si no te ponés el disfraz de diablita, sos una amarga. Si entrás a la habitación de un coordinador, báncatela y no arruines la fiesta. ¿Es esto paranoia feminazi?

Cuando se conoció la sentencia que absolvió a Lampasona, el fiscal interpuso un recurso de casación, que podría devenir en un nuevo juicio. Por donde se lo mire el fallo es un escándalo, pero al mismo tiempo es un emergente más de una liturgia mayor. Rosana Gonzales, una de las ginecólogas que fue testigo en el juicio, advierte que “no hay que subestimar el poder corporativo de estas empresas de turismo. Los desgarros vaginales son las patologías más frecuentes que vemos en chicas de esa edad que vienen a Bariloche. Hay presión para que no denuncien. Las trae al hospital alguno de la empresa que les dice: ‘Ahora te vas a dormir y mañana ya pasó. Te pusiste histérica. No les arruines el viaje a todos’”.

Ante el secreto a voces de que las violaciones son frecuentes y están naturalizadas, los colegios se desmarcan. Todo queda a cargo de las empresas. El viaje de fin de curso no es viaje de estudios y las faltas se computan. Los esfuerzos institucionales se limitan a esquivar el bulto de lo que pueda ocurrir en el marco de los “excesos” de Bariloche o Brasil pero ni una sola iniciativa apunta a informar sobre consentimiento o reducción de daños en el consumo de drogas, por ejemplo. Una de las madres del Colegio Central Universitario Mariano Moreno, al que asistía la chica que denunció a Lampasona, le contó a Las12 que “después de que pasó lo que pasó no hubo ninguna charla en la escuela. El colegio y el Estado podrán decir que esto no les compete, que es tema de las empresas, pero a nadie se le ocurre que antes de viajar los chicos vayan a una charla con perspectiva de género, sobre cómo prevenir un embarazo no deseado, etc. Estamos hablando de una provincia (San Juan) donde no se aplica la ley de Educación Sexual Integral”. 






Una compañera de la denunciante –que prefiere mantener en reserva su nombre porque “ya bastante acoso y amenazas sufrí por haber movido el tema en San Juan”– relata que cuando volvieron “en la escuela le decían ‘la violada’. Lo irónico es que la apodaban ‘la violada’ pero nadie le creía la denuncia. Y la escuela, ni mu”.







La cobertura del caso en los medios provinciales fue en el sentido literal: cubrir a Lampasona. Se lo defendió abiertamente entrevistando a su padre -dueño de un comercio “muy tradicional de San Juan”- o reproduciendo los ruegos a Dios de su madre para que se demostrara la inocencia de este chico de su casa, con asistencia perfecta a misa, rubio, bien vestido, una promesa del equipo de futbol local. En el mejor de los casos se presentó la denuncia de violación como “conflicto” entre una chica de 17 y un coordinador de 20. 

“¿Y las familias del colegio?”, le preguntó este suplemento a Dolores Córdoba (Ni Una Menos San Juan): “Todos mudos”. Una sola madre habló: “Cuando volvieron del viaje nos enteramos de que a la fiesta de egresados estaban invitados los coordinadores de la empresa, acusados de encubrir. Y solo gracias la acción de repudio que llevó adelante una de las mamás se pudo impedir que fueran. Imagínate lo que hubiera sido para la chica denunciante”.

ESA VIEJA COSTUMBRE DE ABUSAR

¿Por qué los jueces tuvieron en cuenta sólo el testimonio del acusado, jugador del club deportivo Cruz del Sur y cuyo dirigente y ex presidente de la Cooperativa Eléctrica Bariloche, el abogado Rodolfo Rodrigo, asumió su defensa? Muchos de los debates entre foristas, vecinos y hasta dentro del recinto pasaron por saber por qué se fue del boliche sin esperar al grupo y, sobre todo, si la joven tomó o no tomó alcohol esa noche. ¿Cómo es que se conectan la agencia de meterse en el cuerpo lo que una quiera con que de pronto el cuerpo se vea habilitado para la penetración? ¿Qué extraño fenómeno, en contextos liberados para el “descontrol” adolescente, desdibuja de repente los límites del consentimiento? Se sabe: las buenas víctimas no se drogan, ni beben, las chicas buenas van al cielo y las malas cuentan cuentos: a la adolescente que Lampasona tenía a cargo y terminó en el hospital con un desgarro en la vagina se la acusa todavía hoy de mitómana y de “haber inventado todo para perjudicar a la empresa”.

La violación no coincide siempre necesariamente con una escena de horror como la de la película Irreversible, de Gaspar Noé: el ataque de un desconocido en un túnel oscuro, con trompadas, la cara de la protagonista arrastrada contra el cemento y llanto en tiempo real. Pero las relaciones no consentidas que no se ajustan a ese guión parecen diluirse en un limbo, como también se perdió de vista el video en el que no ha querido reparar el tribunal -compuesto los jueces Miguel Gaimaro Pozzi, Ricardo Calcagno y Emilio Riat-, en el que la joven semidesnuda llora y pide ayuda sin éxito en el hotel.

El caso Lampasona es uno de los tantos que deja al descubierto una cadena de encubrimientos, de usos y costumbres que refuerzan un modo de pensar en torno a los abusos sexuales. No todas las mujeres que vamos de viaje de egresados, tomamos alcohol o tomamos un taxi a la madrugada padecemos la experiencia de la violación pero sí nos formamos con la amenaza permanente de que puede pasar. La violación no es periférica, es un horizonte de disciplina para las que se “descontrolan”, no se cuidan, o una posibilidad que se puede esquivar por una cuestión de suerte. 

Según cuenta una ex estudiante del colegio Mariano Moreno, el caso Lampasona, a la vez que avivó en San Juan redes y alianzas entre mujeres, también removió recuerdos, testimonios y piezas de un entramado simbólico que fomenta o silencia el abuso y se transmite de generación en generación:


“desde 2015 hasta ahora nos cayeron muchas fichas. Cosas que teníamos naturalizadas y que recién ahora percibimos. Bariloche es un nicho que reproduce la cultura de la violación de lo más pequeño a lo más obvio”. Cuando las organizaciones de mujeres exigen justicia por este caso denuncian la cofradía machista de los jueces pero también la complicidad de “periodistas que callan y de coordinadores y empresarios que fueron a atestiguar a favor del acusado. En parte porque se les cae el negocio. En parte porque esto es una pirámide: si cae uno, se van a empezar a caer todos”.


Fuente: Página 12 - Por Dolores Curia.

sábado, 21 de abril de 2018

LA CRIMINALIZACIÓN DEL ABORTO Y POLITIZACIÓN DE LOS CUERPOS DE LAS MUJERES

Título original: El caso Marie - Louise Giraud.




El 8 de junio de 1943, un tribunal francés condenó a la pena capital a Marie-Louise Giraud, una lavandera de la ciudad de Cherburgo, por haber practicado una veintena de abortos. El 30 de julio fue ejecutada en la guillotina de la cárcel de La Petite Roquete (París). Giraud era lo que se conocía popularmente como faiseuse d’anges (creadora de ángeles), una abortista “profesional”. La dureza de la pena sorprendió a jueces y policías, ya que nadie recordaba que un castigo semejante hubiera sido aplicado por un acto ante el cual las autoridades habían mostrado cierta tolerancia. El Código Napoleónico había definido al aborto como un crimen pero en la legislación republicana posterior quedó tipificado como un delito. Las leyes de la década de 1920 exoneraban a la mujer que abortaba pero castigaban con penas de prisión y multas a los terceros involucrados-médicos y “creadoras de ángeles”. Pero en la década del 30, la obsesión con la caída de la natalidad y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial volvieron a crear una atmósfera contraria a las prácticas reproductivas maltusianas. La criminalización del aborto fue su expresión más extrema.

En febrero de 1942, el gobierno reaccionario del mariscal Pétain promulgó la Ley 300, que volvía a definir al aborto como un crimen. La medida estaba dirigida contra “cualquier individuo sobre el cual exista la presunción precisa y consistente de que el o ella han realizado o intentado realizar, de forma reiterada y por razones económicas, un aborto, independientemente de que la mujer estuviese real o supuestamente embarazada, o que hayan facilitado los medios para llevar a cabo el aborto” (Art. 1). 
No había necesidad de probar la existencia del crimen, su presunción era suficiente para condenar. La ley calificaba a los condenados como “autores, coautores o cómplices cuyas actividades amenazan al pueblo francés” (Art. 2). Se proponían dos cursos de acción: la privación de la libertad (internamiento administrativo) o el procesamiento por el Tribunal de Estado. Este era una jurisdicción especial creada por el gobierno en 1941 –momento en que se producen las primeros actos contra la ocupación alemana– con el objetivo de imponer sanciones excepcionalmente duras por fuera de lo establecido en el Código Penal.
 La decisión de procesar a Marie-Louise Giraud en una jurisdicción creada ad hoc para tratar cuestiones de enorme gravedad para la seguridad del Estado –como la resistencia armada– demuestra un grado de politización del cuerpo con pocos precedentes en la historia. Como puede leerse en los fundamentos de la sentencia del Tribunal de Estado de París –y también en algunas tesis de medicina de esa época– al criminalizar la interrupción voluntaria del embarazo, la Ley 300 transformó a los abortistas en “asesinos de la patria” y al aborto en un “crimen contra el embrión, la sociedad, el Estado y la raza”, todo ello en un contexto en el cual se glorificaba a la familia numerosa y la maternidad mientras se deportaba a judíos y revocaba la nacionalidad a extranjeros naturalizados.

El andamiaje represivo que condujo a la única ejecución por aborto de la que se tiene registro en la historia moderna no fue obra exclusiva de un régimen político empecinado en desandar el camino iniciado en 1789. Tenía sus orígenes en la campaña llevada a cabo por las organizaciones antimaltusianas en los últimos años de la Tercera República. La más importante fue la Alianza Nacional contra la Despoblación, creada en la década de 1890 y dirigida por Fernand Boverat. Este cruzado de la ideología natalista, admirado en Argentina por figuras de la talla de Gregorio Aráoz Alfaro y Alejandro Bunge, movió cielo y tierra para que el Estado francés reconociese la función patriótica de las familias numerosas a través de medidas similares a las adoptadas por las dictaduras nazi y fascista, desde las exenciones impositivas y la discriminación “positiva” en el empleo a la condena de las prácticas anticonceptivas. La acción propagandística de la Alianza Nacional tuvo un rol fundamental en la construcción de un amplio consenso antimaltusiano. Sus ideólogos desplegaron una gran imaginación, y pocos escrúpulos para llevar el mensaje más allá del círculo de iniciados. No vacilaron en usar imágenes fuertes para convencer a la opinión de que el aborto era el peor de los crímenes. Un folleto titulado “La masacre de los inocentes”, que fue distribuido en reparticiones públicas, comparaba los distintos métodos para inducir un aborto con las torturas a las que eran sometidos los criminales en la antigüedad, como el aplastamiento, la asfixia, el empalamiento y la hoguera. El mismo documento describía al aborto como un “crimen” más vil que el asesinato de un anciano –a quien “se le roban los años menos felices de su existencia”– y un enfermo incurable –a quien “se le roban algunos años de sufrimiento”–, ya que “asesinar a un niño prenatal es robarle 60 años de vida”.
 Tras décadas de ejercer presión sobre la clase política y saturar la opinión con una retórica catastrófica, en 1939 el gobierno republicano promulgó un Código de Familia que incorporaba varios de los reclamos del lobby natalista. Mientras se aprestaba para la guerra, el Estado francés se lanzó a la caza de “creadoras de ángeles” y médicos abortistas. Su víctima más notoria fue la militante feminista Madeleine Pelletier, primera mujer médica diplomada en psiquiatría, que fue arrestada y encerrada en un manicomio bajo la falsa acusación de haber realizado un aborto en una menor.

Fuente: Página 12 -Por Andrés H. Reggiani, Profesor investigador (Departamento de Estudios Históricos y Sociales Universidad Torcuato Di Tella).


jueves, 19 de abril de 2018

PROTOCOLO PARA LA INVESTIGACIÓN Y LITIGIO ANTE FEMICIDIO

Título original: Relevo de pruebas.

El Protocolo para la Investigación y Litigio de Casos de Muertes Violentas de Mujeres impulsado por la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM), del Ministerio Público Fiscal de la Nación, estipula la perspectiva de género a la hora de investigar femicidios. La fiscal Mariela Labozzetta alerta que hay una alta impunidad y una revancha machista frente a mujeres autónomas, gozosas o con intención de transformar la sociedad.







“Hay un problema gravísimo, en este momento, en América Latina. Las mujeres no solo mueren por sus vulnerabilidades, sino por sus fortalezas”, advierte la Fiscal Mariela Labozzetta, titular de la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM), del Ministerio Público Fiscal de la Nación. “Hasta ahora las víctimas eran generalmente débiles y frágiles y ahora hay una revancha contra las que se abren al goce o que son transformadoras y desafían al poder. Es la reacción del patriarcado frente a la revolución de las mujeres para tratar de anular los procesos revolucionarios y transformadores”. 

Los femicidios son contra las mujeres que se quedan en su casa, pero que no bajan la cabeza y aceptan ser un mueble más del living familiar. Los femicidios son contra las chicas que salen a buscar la diversión o el baile. Los femicidios son contra las que salen a la calle a pelear por una realidad mejor. Los femicidios son contra las insumisas, las bolicheras, las luchadoras. 

Frente a este escenario la impunidad, la inercia o las viejas lupas no alcanzan o son cómplices de la violencia machista. Por eso, la UFEM impulsó el Protocolo para la Investigación y Litigio de Casos de Muertes Violentas de Mujeres (Femicidio). La nueva herramienta legal fue aprobada por el Procurador General Interino, Eduardo Ezequiel Casal, quien recomendó su uso a las y los fiscales el 28 de marzo pasado. 

El documento fue elaborado por la UFEM, mediante un proceso de adaptación del Modelo de Protocolo Latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género, de ONU Mujeres y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH), junto a Francoise Roth y Miguel Lorente, con el apoyo del Programa EUROsociAL+, de la Unión Europea y la asistencia técnica del Equipo Argentino de Antropología Forense y otros organismos gubernamentales y judiciales. 

-¿Cómo surgió la idea de hacer un protocolo de investigación de femicidios?

-La UFEM se creó en el 2015 con la prioridad de intervenir en femicidios. En el 2016 nos propusimos generar un documento que protocolice la actuación de los fiscales. Hicimos una revisión de todos los protocolos en América Latina que es pionero en la violencia de género y en la tipificación de femicidio que no está en Europa ni en África. 

-¿Cómo está la Argentina a nivel mundial?

-Tenemos leyes muy buenas que no se terminan de aplicar. La tipificación del femicidio fue en el 2012 y muchos países lo habían tipificado antes. Pero sí Argentina es una usina del movimiento feminista que está derramando a toda la región. Ni Una Menos nació acá y explotó en todos los países de Latinoamérica. Además institucionalmente somos una referencia a partir de la Oficina de la Mujer (OM), la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y el Ministerio Público. Somos el primer país que adaptó el Protocolo de Femicidios. Argentina tiene mucha solidez institucional y una fuerza política que no hay en otros países de Latinoamérica.

-¿Cuántos asesinatos de mujeres configuran femicidios?

-En los datos propios llevados por al UFEM de treinta muertes violentas de mujeres el 60 por ciento son femicidios. Y los otros asesinatos son por robo, ataque en la calle, pelea de vecinos u otras cosas. 

-¿Cuáles son los problemas de la justicia ante los femicidios?

-Hay un alto índice de impunidad y muy pocas sentencias condenatorias. El valor de la vida de la víctima cambia. Si hay una víctima que es hombre y blanco la eficiencia sube y si la víctima es mujer, pobre y/otrans la eficiencia baja. Cuando se le da poco valor a la vida de la víctima baja la posibilidad de condena o la búsqueda del prófugo. 

-Hay casos en los que lograste encontrar a prófugos que nadie buscaba con mucho interés. ¿Cómo se hace la diferencia?

-En el caso de Aylin Silvera la víctima está viva y el agresor le había pegado ocho tiros en junio del 2014. Ella estaba encerrada en su casa, con miedo. La causa estaba archivada y calificada como lesiones. La voluntad y los recursos que se ponen cambian la historia. Se lo detuvo en marzo del 2016 en González Catán. El Tribunal Oral en lo Criminal N°22 lo condenó, finalmente, a dieciséis años de prisión.Con un poco de trabajo y salir a buscar prófugos se pueden revertir causas paradas. 

-¿Qué genera la falta de perspectiva de género en la justicia?

-Se detecta la invisibilización de componentes de género y eso produce definiciones equivocadas como homidicio simple u homicidio íntimo vincular que elude las cuestiones de género o la poca recolección de pruebas que se vinculan con las cuestiones de género. Hay investigaciones deficientes y muy mal abordaje de la escena del crimen que es importantísimo para encontrar los rastros de la violencia de género que después ayudan a probar el caso en juicio. Por eso se necesitan herramientas para los fiscales que no tienen la gimnasia de la perspectiva de género (porque es algo relativamente nuevo) en la escena del hallazgo del cuerpo y en la autopsia. 

-¿Cuáles serían ejemplos de datos que no se pueden dejar pasar para entender que se trata de violencia de género?

-Matar de más. No dar una puñalada, sino muchísimas puñaladas, que es algo que pasa con las travestis y trans y en los femicidios. Hay ensañamiento y ganas de destrozar al cuerpo que se fue de control. La utilización de más de un mecanismo homicida, con ahorcamiento y cuchilladas o arma de fuego y cuchillo o de herramientas caseras (sogas, sábana, cuchillos de cocina, martillos) que están a mano y se desatan en la escena. También se debe priorizar en la autopsia ver si existió violencia sexual aunque en apariencia no parezca porque, después, volver a hacer una autopsia es mucho más trabajoso. Hay que ver si se encuentran  signos de defensa en las uñas o en los antebrazos de las mujeres y si hay objetos rotos de valor para la víctimas. También hay que mirar si hay mensajes, notas, mails amenazantes para la víctima. Si estas pruebas no se buscan en la escena del crimen se pierden. Es fundamental el momento inicial de la investigación. 

-¿Qué necesitan saber los y las fiscales que incorpora el protocolo?

-Este instrumento es para dar herramientas teóricas a los fiscales que, además de investigar la muerte, tienen que tener en cuenta la violencia contra las mujeres. No son casos aislados, sino asesinatos que forman parte de un fenómeno complejo. La forma de ver un homicidio es con un solo ojo y la de ver un femicidio implica complejizar la mirada como dice Francoise Roth.

-¿En qué puede implicar avances el protocolo de investigación de femicidios?

-Si los investigadores aplican el protocolo todo cambia porque ilumina cuestiones que no están iluminadas y jerarquiza la cuestión de género. Ya matar a una mujer no es igual a un cuerpo tirado y descartado, es una grave violación a los derechos humanos. Esto es una bomba de tiempo. El sistema judicial se tiene que despertar. Debe ser una prioridad para todos los fiscales para reducir los niveles de impunidad.

-¿Dónde se va a aplicar?

-Al menos los fiscales de la Ciudad de Buenos Aires y de la justicia nacional lo tienen que aplicar y nuestra idea es llevarlo de gira y que pueda ser aplicado en las provincias. Tenemos fe que pueda caminar en el resto del país y que haya una política criminal a nivel regional y se produzca un vuelco en cómo se investigan los crímenes. Y que los asesinatos o la desaparición de mujeres por el crimen organizado se pueda investigar. 

-¿Qué pasa con la estigmatización sobre las víctimas que realizan los medios de comunicación pero también, a veces, las propias fiscales cuando dicen por ejemplo que una chica no puede caminar de noche por un parque y que, por eso, fue asesinada?

-Hay que investigar con perspectiva de género y jamás estigmatizar a la víctima. La víctima jamás es corresponsable de su muerte. Jamás. Sea quien sea la víctima.

-No es porque iba a un parque a la noche, no es porque es madre sola, no es porque es fanática de los boliches, no es porque caminaba a la noche...

-Nunca lo que hace una mujer disminuye la responsabilidad del autor. Pero sí ese es el componente de género. El fiscal puede entender porque es un asesinato que tuvo que ver con la identidad de género. Pero no estigmatizarla.

-En la Argentina hay un treinta por ciento de víctimas jóvenes en situación de goce: ir a bailar, ir de gira, tomar algo, estar en un boliche. ¿Estos crímenes requieren de una forma de investigación distinta a los asesinatos de  mujeres adultas por parte de sus parejas o ex parejas?

-La violencia de género no se puede circunscribir a la violencia intrafamiliar porque ese es un escenario posible y hay otros que son más complejos. En los íntimos se sale del control o dominio del marido que piensa que le fue infiel o que tiene una pollera corta y tiene que ver con los celos. En los crímenes sexuales están vinculados al deseo. Y en el asesinato de Marielle Franco (en Brasil) y en los ataques a las defensoras de derechos humanos hay un problema gravísimo, en este momento, en América Latina. Las mujeres no solo mueren por sus vulnerabilidades, sino por sus fortalezas. Siempre la situación es que se salen de la norma. 

-¿Hay una revancha contra mujeres empoderadas?

-Hasta ahora las víctimas eran, generalmente, débiles y frágiles y ahora hay una revancha. Es la reacción del patriarcado frente a la revolución de las mujeres para tratar de anular los procesos revolucionarios y transformadores. El asesinato de Marielle Franco (activista, legisladora, lesbiana, feminista) es un nuevo paradigma. No es lo mismo las mujeres que mueren asesinadas, que las mujeres que mueren cuando se abre su goce y son atacadas y pueden ser cuerpos poseídos y ahora las mujeres transformadoras que se animan a desafiar el poder y que son legitimadas como lideresas como Berta Cáceres (asesinada en Honduras). El patriarcado reacciona frente a todo lo que pretenda modificarlo. Hay que estar atenta al revanchismo del patriarcado. 

Fuente: Página 12 - Por Luciana Peker