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viernes, 2 de noviembre de 2018

MUJERES VÍCTIMAS: MATERIAL DE DESCARTE

Título original: Material de descarte.
En menos de dos semanas, dos niñas fueron asesinadas y sus cuerpos ultrajados, arrojados en bolsas de basura. En 2017, en la provincia de Buenos Aires se recibieron 4800 denuncias de abuso sexual contra niñas, sin embargo estos femicidios se siguen narrando como hechos aislados.



Basta escribir en cualquier buscador de internet “niña aparecida en bolsa” para ver el horror narrado en forma tan trivial como se encuentra “por qué se tapan los oídos en los aviones” o “cómo sacar el sarro del inodoro”.


“Aparecen” cadáveres, expresa la mayoría de los medios, como si estos llovieran del cielo o crecieran de la tierra y lo cierto es que estas niñas casi siempre son asesinadas por algún familiar o persona de su círculo cercano y sus muertes engrosan listas de femicidios 



que la sociedad sigue viendo como fenómenos aislados, alejados de la propia realidad, en contextos de pobreza y marginalidad, cuando en realidad vienen diciendo a gritos que los cuerpos de mujeres, niñas, lesbianas, trans y travestis son prendas de uso, están más cerca del riesgo en sus propias casas y comunidades que en un callejón oscuro y que los métodos de disciplinamiento y descarte cada vez se sofistican más, llegando a niveles de crueldad que logran rápidamente ser naturalizados por sus contextos: o bien porque la víctima era una “fanática de los boliches” como el caso de Melina Romero, o bien porque “era gitana” y el primo asesino de 15 años, un psicópata de manual, como en el caso de Estefanía, la nena de 9 encontrada asesinada en la calle de su barrio de José Mármol, con una bolsa en la cabeza y varios puntazos mortales en la cara. En el caso de Sheila Ayala, de 10 años, ella fue hallada desnuda en una bolsa de basura en la medianera de la casa de sus tíos, muerta por asfixia con una sábana y con probables signos de haber sido abusada. Vivía en Villa Trujui, San Miguel, y todo el barrio se movilizó para buscarla, incluso quienes la asesinaron, pero la inmediatamente señalada fue su madre, quién no la cuidó como es debido. 

Lo cierto es que en las Comisarías de la Mujer y la Familia de provincia de Buenos Aires se reciben un promedio de 22 denuncias por día por delitos contra la integridad sexual. Laurana Malacalza, docente e investigadora, coordinadora del Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, dice que para pensar estos femicidios es preciso tener en cuenta al menos dos dimensiones. “La primera es contextualizar estas violencias en un proceso de reorganización y profundización de los proyectos neoliberales que necesita de las violencias para crear las condiciones de su posibilidad. En estos contextos, existe una reorganización de las violencias que asume un carácter letal en el caso de las mujeres y las niñas y no puede comprenderse sin la ‘normalización de la cruelda


Como siempre nos recuerda Rita Segato hay un orden simbólico que busca instalar la crueldad como paisaje de normalidad, por eso los cuerpos de las niñas aparecen como desechos, como ‘objetos’ posibles de ser desmembrados y arrojados a los basurales”. Lo que menciona Malacalza es un contexto global ineludible, profundizado en la región por el reciente triunfo de Jair Bolsonaro, quien ya expresó abiertamente su misoginia y homofobia. 

“Es necesario analizar las formas que adquiere la violencia machista a partir de la articulación con otras formas de violencias que se expresan en los territorios y las trayectorias de vidas. Por ejemplo, la articulación que se produce con las violencias que promueven las organizaciones vinculadas a las economías ilegales –principalmente el narcotráfico– en los territorios más empobrecidos. Esta articulación de violencia, se expresa en la posesión y el control sobre determinados territorios y sobre los cuerpos, la sexualidad y la vida de niñas, de adolescentes y de mujeres jóvenes. Muchas de ellas vinculadas al consumo y venta de drogas, y muchas otras utilizadas como objeto de intercambio entre estos grupos. Todas posibles de ser desechadas y rápidamente reemplazadas”.

La segunda dimensión que menciona Malacalza es la de situar la categoría de “víctimas” en plural. Es decir comprender cómo se expresan estas articulaciones de las violencias en las trayectorias de vidas:

víctimas de qué, cuándo y dónde. “Devolverles su trayectoria biográfica es una manera de restituirles humanidad, de contrarrestar los intentos por desmembrar esos cuerpos y borrar sus rostros.








Estas víctimas reclaman un compromiso político que no solo se sustenta en el deber y la obligación de la escucha sino en el reconocimiento de nuestra proximidad y  responsabilidad frente a violencias cada vez más crueles y letales. Emerge aquí un nuevo desafío para los feminismos”. Malacalza declarará la semana que viene en el juicio por el femicidio de Lucía Pérez, ocurrido en Mar del Plata en octubre de 2016 y que activó el Paro Nacional de Mujeres el 19 de octubre de ese año. Desde el Observatorio se presentó un informe que luego fue considerado como prueba en el expediente que detallaba por qué el de Lucía fue un crimen machista y no un homicidio común, como se lo quiso instalar en un principio y durante mucho tiempo. La crueldad sobre aquel cuerpo empalado y lavado que fue entregado en la puerta de un centro de salud se redobló cuando la justicia convocó a una Junta Médica que determinó que hubo “relaciones consentidas” y no un ensañamiento y brutalidad que hablan por todas las muertas, por todos los crímenes donde el cuerpo feminizado es el campo de batalla de una intersección compleja y muy difícil de desenmarañar. La familia de Lucía recibió amenazas y amedrentamiento y ni ella ni sus asesinos pertenecían a un contexto de vulnerabilidad económica ni eran migrantes ni participaban del narcotráfico. ¿Cuáles son los femicidios que saltan al centro de la escena? En el caso de Sheila, y retomando un concepto que volcó a Las12 Sandra Hoyos, activista feminista e integrante de la Campaña Nacional por Aborto Legal, Seguro y Gratuito, “el femicidio de Sheila fue la excusa para contarnos detenidamente el odio a lxs pobres y a la pobreza que tanto espanta”.

Fuente: Página 12 - Por Flor Monfort

viernes, 8 de junio de 2018

MÁQUINAS DE VIOLENCIA







¿Por qué los hombres matan a las mujeres? En la inmensa mayoría de los casos, porque no hacen lo que ellos quieren o porque no pueden poseerlas completamente. Por decir un número: en la provincia de Buenos Aires, donde reside el 39 por ciento de la población de nuestro país, los femicidas fueron ex parejas en el 75 por ciento de los casos. ¿Por qué será? ¿Por qué será que se desata la violencia homicida cuando ellos se convierten en ex? ¿Será porque sienten que ellas salieron de su control? ¿Y cómo se genera esta idea loca de que se puede poseer a una mujer? Son siglos de trabajo abnegado de un sistema de opresión llamado patriarcado –literalmente, “gobierno de los padres”– que se reproduce a sí mismo por la seducción o por la fuerza. Las brujas quemadas al fin de la edad media, las amas de casa sostenidas adentro de sus hogares inmaculados a fuerza de antidepresivos, las que todavía son lapidadas hasta la muerte en Medio Oriente por el atrevimiento de gozar del sexo por fuera del matrimonio; el hecho de que a todas nos vean “solas” cuando no hay un hombre al lado –y no importa si la que está al lado es tu pareja o tu compañera sexual–, la idea instalada del instinto materno –animalitas del señor, ellas quieren reproducirse a toda costa–, la figura de la media naranja, el amor de tu vida, las reinas del hogar, o peor, el corazón del hogar. Los cuentos maravillosos que todavía se estudian en las escuelas primarias y que siempre terminan en matrimonio –frente a la envidia de la fea de la madrastra–, las telenovelas, los boleros, el trap, las revistas llamadas femeninas, las publicidades que insisten en la felicidad de dejar la casa libre de gérmenes, la idea cristalizada que las “peleas” se solucionan en la cama, que los varones tienen “necesidades” sexuales y en cambio las mujeres están enfermas cuando les gusta disfrutar del sexo. La lista es infinita y si tuviera que describirla en tres palabras diría: es una máquina de violencia. La reproducción de un modelo de familia, de los roles de género que es necesario cumplir para poder salir en la foto, la frustración de no poder cumplir con el objetivo, el encierro que produce el contrato de fidelidad superpuesto al juramento de amarse para toda la vida; todo eso es violencia y esa violencia, en la mayor parte de los casos –casi el 70 por ciento del registro de episodios de violencia “doméstica” en la Ciudad de Buenos Aires tiene como víctima a una mujer– las que lo sufren se reconocen en femenino. Sobre el porcentaje remanente, la mayoría son niños y niñas. La pareja, más especialmente la pareja heterosexual, tal como la conocemos, es una máquina de violencia. Las mujeres y las niñas corren más peligro dentro de sus casas que fuera de ellas, saberlo lastima, enfrenta al más siniestro de los terrores que es que vuelve ajeno lo que se supone cotidiano, filoso lo que nos presentan como blando, helado lo que debería ser abrigo. Pueden enfurecerse, sacar ejemplos particulares de felicidad conyugal, creer que el amor todo lo cura pero lo cierto es que una estructura que está pensada y alimentada desde prácticamente todos los discursos sociales y culturales para sostener el gobierno de los padres y para articular un régimen de control sobre las generaciones que desde ese encierro se aventuran al mundo. Cuando las ex hijas de genocidas desprecian la filiación de sangre y contra todo contrato de confidencialidad –que también se da en las familias, aquello de los trapos sucios que se lavan en casa– hablan de lo que lo que no toleran más y se desasocian de una complicidad que les habían impuesto señalan de qué se trata la familia y la pareja como lugar de fundación de la familia: un lugar de encierro donde la fantasía de los buenos vecinos que riegan el jardín delantero se desarma. La crueldad se alimenta del encierro, por eso los campos de concentración donde la crueldad podía ejercerse porque después saldrían con la camisa limpia y la raya del pantalón bien planchada. Esas hijas son subversivas, mal que les pese a los que fueron sus padres. Subversivas de un orden que antecede a la dictadura y que la sucede, aun cuando en ese periodo de terror extremo que se hayan sujetado más fuerte las sogas de los lazos familiares para dejar afuera a las que no sabían ejercer el control que debían: “¿Usted sabe dónde está su hijo ahora?” Igual de subversivas son las madres que denuncian a los progenitores de sus hijos o hijas por abuso sexual, o las niñas y niños mismos cuando pueden hablar, apuntan al corazón del gobierno de los padres exhiben cómo la opacidad de las paredes de un hogar y los atributos de un mandato pueden traducirse en crueldad. Entonces, ¡silencio! Apunten contra las que hablan y salven a quienes perpetran. Así actúa la Justicia patriarcal, así se defienden a diario los que se sienten amenazados por la revolución feminista que lo cuestiona todo, que lo quiere cambiar todo y que no va contra el deseo heterosexual si no contra un modelo de pareja, de amor, de familia; obligatorio y violento que, mal que les pese a muchos y a muchas, es un riesgo para la vida, sobre todo de las mujeres.

Fuente: Página 12 - Por Marta Dillón.-