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domingo, 24 de marzo de 2019

MUJERES EN DICTADURA; EL TERRORISMO DE ESTADO SOBRE NUESTROS CUERPOS




En el marco de los juicios por lesa humanidad llevados a cabo en el país, creemos necesario mirar con perspectiva de género los hechos que sucedieron en la última dictadura.
Según el Informe Nacional sobre Desaparición de Personas, el 33% del total de los desaparecidos y desaparecidas entre 1976 y 1983, fueron mujeres. A partir de los testimonios de las sobrevivientes, sabemos que existía una violencia específica hacia ellas. Fue sistemática, planificada y aplicada en casi todas las detenidas, en los diversos Centros Clandestinos de Detención (CCD) del país.

Torturas especializadas
En los CCD todos los maltratos estaban permitidos tanto para varones como para mujeres. Denigración, golpes, picana, submarino, violaciones, desnudez obligatoria. En el caso específico de las mujeres, además de todas las anteriores, incluían otros métodos. Por ejemplo, introducían objetos en las vaginas, cuando menstruaban no tenían acceso a protección, eran manoseadas por los torturadores, entre otras.

Además, como parte del plan de exterminio y desaparición, las mujeres embarazadas recibían los mismos tipos de vejaciones que todos. Los partos y nacimientos en cautiverio ocurrían incluso dentro de los CCD que contaban con salas especiales para ello. De hecho, muchas denunciaron que las torturas les produjeron abortos. Otras, que las condiciones de salud, higiene y limpieza eran pésimas. En muchos casos, a los siete meses de embarazo, aproximadamente, les inducían el parto, que en general eran cesáreas. Además de médicos, uniformados y civiles armados presenciaban los nacimientos. En otros casos, las detenidas empezaban el trabajo de parto y no recibían asistencia médica sino de sus mismas compañeras detenidas. Muchas veces se obligaba a las mujeres que acababan de parir, a limpiar el lugar donde habían dado a luz.

A todos estos métodos de tortura, se sumaba la incertidumbre sobre sus vidas y las de sus hijos, si iban a quedar juntos o si iban a ser liberados. Otra práctica común, era hacer que la detenida escribieran una carta para sus parientes, a quienes se la iban a entregar junto con sus hijos. Pero esto casi nunca ocurrió. Cientos de bebés expropiados fueron arrancados de los brazos de sus madres al momento del parto. De la mayoría de ellos, todavía no se conoce el paradero.

Lo que se calla
Sonderéguer, coordinadora de la investigación Análisis de la relación entre violencia sexual, tortura y violación a los derechos humanos, publicado por la Universidad Nacional de Quilmes, indica que el castigo de la dictadura hacia las mujeres era no sólo por “subversivas”, sino también por ir en contra de lo que la sociedad patriarcal esperaba de ellas por ser mujeres.

Según la investigadora María Sonderéguer, las mujeres que fueron víctimas de la última dictadura militar en Argentina, sufrieron un doble castigo: Por militantes y por transgredir el orden machista establecido.
Sonderéguer señala que el silencio respecto de la violencia específica sobre las mujeres en la última dictadura se relaciona con dos razones. Por un lado “es una cuestión postergada” y por otro, “su tratamiento pone en discusión el orden sociocultural actual y no sólo el del contexto del terrorismo de Estado”. Al respecto también apunta que la impunidad con la que se ejecutó la violencia sexual durante el terrorismo de Estado “pone de manifiesto todos los prejuicios sexistas que subyacen aún hoy en la valoración de los delitos sexuales”.

Desde el año 2000 la Corte Penal Internacional considera delito de “lesa humanidad” a las violaciones, la esclavitud sexual, la trata, la esterilización forzada y los abusos sexuales cometidos dentro de un plan sistemático contra una población civil.

En Argentina, recién en 2010, este tipo de delitos cometidos sistemáticamente por los represores durante la última dictadura militar, pasaron a ser considerados de lesa humanidad.

Nos gustaría agradecerle a esas mujeres, a esas madres, abuelas e hijas que han puesto el cuerpo y el alma, que nos han legado la lucha, la resistencia, la fuerza y la convicción para torcer lo dado, para pelear en contra de lo terrible y lo injusto. Nos han enseñados a pararnos firmes ante las atrocidades del poder y el Estado patriarcal. Hemos aprendido que a veces podemos cansarnos, pero nunca rendirnos y que todas juntas somos invencibles. Gracias.
En Córdoba
En la Megacausa La Perla/La Ribera sí se juzgaron los delitos sexuales como delitos de Lesa Humanidad, tratados como tales y no simplemente bajo la figura legal de tormentos. Hubo siete condenas por abuso deshonesto, figura jurídica que que se refiere a actos sexuales que atentan contra la libertad sexual y no necesariamente llegan a la penetración. También los militares fueron juzgados y condenados por primera vez en Córdoba, por el robo de bebés.

La violencia que se ejerció en esos años sobre el cuerpo de las mujeres, no se puede igualar a otras. Su particularidad radica en que es consecuencia también, de una estructura de poder machista que se repite hasta la actualidad con diferentes caras. Esta mirada hacia el pasado y hacia los crímenes de lesa humanidad cometidos sobre mujeres, aporta a la reparación del daño como sociedad, a los procesos de justicia y a la construcción de una memoria colectiva que repudie el terrorismo de Estado.

También afirmamos que es imprescindible seguir analizando así la relación entre mujeres y Estado para poder problematizar y transformar las violencias que son ejercidas cotidianamente sobre nuestros cuerpos. Cada vez que en un hospital nos niegan la posibilidad de un parto respetado, cada vez que un policía no nos permite amamantar en la calle, cada vez que un funcionario público es miembro de una red de trata, entre múltiples ejemplos de situaciones que vivimos a diario.

Nos gustaría agradecerle a esas mujeres, a esas madres, abuelas e hijas que han puesto el cuerpo y el alma, que nos han legado la lucha, la resistencia, la fuerza y la convicción para torcer lo dado, para pelear en contra de lo terrible y lo injusto. Nos han enseñados a pararnos firmes ante las atrocidades del poder y el Estado patriarcal. Hemos aprendido que a veces podemos cansarnos, pero nunca rendirnos y que todas juntas somos invencibles. Gracias.

 Fuente: Latinta

viernes, 15 de marzo de 2019

LAS VIOLACIONES EN LA ESCUELA DE MECÁNICA DE LA ARMADA ARGENTINA

Título original: "Ellos podían hacernos los que quisieran"








“En la ESMA hubo una asimetría de poder que posibilitó todas las vejaciones que sufrimos como mujeres.” La que habla es la periodista y sobreviviente de ese centro clandestino Miriam Lewin. Lo hace ante un tribunal, en el marco de una de las tantas veces que dio testimonio por el secuestro, las torturas y las vejaciones que sufrió en ese centro clandestino. Le cuesta hablar de eso, pero sigue. Se esfuerza para que todos y todas en la sala tribunalicia entiendan que nada de lo que sufrieron ella y sus compañeras de cautiverio fue una casualidad o un exceso de algunos genocidas. “Nosotras éramos sus prisioneras y ellos podían hacer con nosotras, con nuestros cuerpos lo que quisieran. Eso fue lo que vivimos por el hecho de ser mujeres”, aseguró entonces Lewin. El extracto de su testimonio se repite en loop junto al de otras sobrevivientes de ese encierro proyectados sobre la pared de una de las salas del casino de oficiales de la ex Escuela de Mecánica de la Armada, convertida desde hace algunos años en sitio de memoria. En la pared de otra sala, aparecen y desaparecen los nombres de todas las que pasaron por allí. Y más allá, más extractos de testimonios ploteados y aunados bajo el título que le da nombre a la nueva muestra temporaria del museo: Ser mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar.

La flamante exposición se integró ayer a la permanente que habita el casino de oficiales desde que fue convertido en espacio de memoria y reflexión sobre las violaciones a los derechos humanos que allí tuvieron lugar. La titular del museo, Alejandra Naftal, la definió como “un desafío” para el espacio. “Tomamos una interpelación del presente hacia el pasado”, explicó. Y le hicieron frente a partir de un trabajo conjunto que integró a varias mujeres sobrevivientes del centro clandestino. Dos de ellas, Ana Testa y Graciela García, participaron de la inauguración y remarcaron la importancia de que el sitio hablara desde la perspectiva de género “por fin”, insistió García. 

“Es la tercera vez que piso este lugar desde que me liberaron. Me transpiran las manos”, contó la Negrita, que fue secuestrada en 1976 y hasta 1982 sufrió “controles” de parte de la patota de la Armada. Fue ayer porque le pareció oportuno celebrar que “por fin” se empezaban a hablar de “cosas que son tabúes”, como los delitos sexuales cometidos en la ESMA. Minutos antes, Testa había diferenciado las vivencias de las detenidas “más antiguas” de las que, como ella, habían llegado al centro clandestino desde 1979 en adelante. García apuntó que “siempre el propósito que tuvieron fue el de destruirnos. Y nos llevó muchos años reconstruirnos. No se salvó ninguna compañera y lo que es peor, luego a muchas las mataron. Algunas supieron cómo contarlo antes de desaparecer, otras enloquecieron”, sostuvo. Las primeras vejaciones que sufrían eran las de los “verdes” en Capucha, un sector en el último piso del casino de oficiales en donde se acumulaban los y las detenidos. Golpes, toqueteos, duchas sin intimidad y algunos casos de violaciones, reconstruyó.

Ella, como varias otras sobrevivientes, empezaron a relatar los abusos ante la Justicia, en los juicios. Ella, particularmente, sufrió un acoso de Antonio Pernía mientras dormía en uno de los camarotes, y abusos sistemáticos de Jorge “Tigre” Acosta, que la sacaba del centro clandestino y la llevaba a un departamento los fines de semana donde la mantenía encerrada. “Esta fue mi parte. Muchas compañeras han sufrido antes durante y después toda la gama de violencia sexual imaginable de parte de una patota de asesinos y locos que hacían lo que querían con vos y tu familia. A muchas las mataron. Otras sobrevivieron y han relatado en los juicios lo que no les habían contado ni siquiera a sus maridos. Para mí, los juicios en ese sentido fueron reparadores.” 

La apertura también contó con la asistencia de miembros del Juzgado Federal de Instrucción 12, a cargo de Sergio Torres –quien también estuvo presente–, del equipo permanente del museo, de la abogada querellante en la causa Carolina Varsky y de investigadoras, entre tantas otras colaboraciones. García señaló a Torres como el único juez en la causa ESMA que diferenció a los delitos sexuales del resto de los crímenes de lesa humanidad.

Durante el tercer juicio que se llevó a cabo por los crímenes en ese centro clandestino, la fiscalía a cargo de Mercedes Soiza Reilly insistió para que se ampliara la acusación contra los represores por delitos sexuales, sin éxito. Según cifras actualizadas de la Procuraduría especializada en delitos contra la humanidad, solo el 12 por ciento de las sentencias emitidas hasta hoy incluye este tipo de delitos. Esos fallos reúnen los casos de solo 86 víctimas y afectan a 98 represores de los más de 800 condenados.

“Los crímenes de violencia sexual fueron silenciados incluso por las propias víctimas. La Justicia durante muchísimo tiempo no dio lugar para que pudieran hablar de esto. Pero de repente algunas empezaron a hablar de todos modos, entonces empezamos a ver la sistematicidad en el delito. Descubrimos que era el plus de la violencia ejercida sobre las mujeres dentro de los campos”, mencionó ayer la fiscal, durante el recorrido por la muestra. La visibilidad de los crímenes en tanto tales, evaluó, “repercute de manera positiva en la reflexión tanto de la Justicia como de la sociedad civil sobre cómo hacemos para reparar a las víctimas del terrorismo de Estado y como hacemos para que no vuelva a ocurrir”.

Después de un año y medio de trabajo, el equipo del Museo Sitio de Memoria ESMA llegó a la exposición que se inauguró ayer. A partir de testimonios, investigaciones y libros que se preguntaron sobre el plus de violencia que sufrieron sobre sus cuerpos y espíritus las mujeres que fueron víctimas del terrorismo de Estado, se pone de relieve la perspectiva de género en la violencia institucional y genocida desplegada en ese centro clandestino, sus efectos y las estrategias para afrontarlos y, en lo posible, repararlos.

La exposición comienza en el mismo punto de partida de la exposición fija del museo con una autocrítica. Por un lado, todas las palabras que generalizan con el masculino en el texto de apertura habitual aparecen subrayadas, marcadas con un círculo y señaladas hacia “a”, “las”, “as”. Y al lado de ese texto aparece otro, nuevo, en el que se ofrece una explicación acerca del “silencio del guión museográfico acerca de la violencia sexual sobre las mujeres”. Allí, el equipo del sitio apunta que la muestra temporaria Ser mujeres en la ESMA dialoga con esa aparte de la historia reciente de nuestro país que fue “omitida” de la lucha temprana por la memoria, la verdad y la justicia y luego, los primeros juicios de lesa humanidad.

Fuente: Página 12 - Por Ailín Bullentini

sábado, 10 de noviembre de 2018

LA VIOLENCIA SEXUAL COMO PARTE DEL TERRORISMO DE ESTADO EN ARGENTINA

La ESMA funcionó como centro clandestino de detención, tortura y exterminio entre 1976 y 1983, en la última dictadura cívico militar que sufrió la Argentina. El terrorismo de Estado dejó un saldo, según sabemos hoy, de 30.000 desaparecidos y miles de exiliados y presos políticos; 600 lugares de detención ilegal y la práctica sistemática de apropiación de niños y niñas, entre otras importantes consecuencias políticas, sociales, culturales y económicas. 



En la ESMA estuvieron detenidos cerca de CINCO MIL hombres y mujeres: militantes políticos y sociales, de organizaciones revolucionarias armadas y no armadas, trabajadores, profesionales, artistas;  familias enteras y religiosos.  La mayoría de ellos está desaparecida. Fueron arrojados vivos al mar en los llamados vuelos de la muerte. En la ESMA, la Armada planificó los secuestros y llevó a cabo asesinatos de manera sistemática. En este lugar estuvieron los y las  prisioneros/as engrillados/as y encapuchados/as. Aquí se los torturó. Aquí se los desapareció de la faz de la tierra. También sabemos que aquí nacieron niños de madres en cautiverio.  Hoy hombres y mujeres son los desaparecidos vivos que seguimos buscando. Por todo esto hoy podemos decir que en este lugar se cometió un crimen contra la humanidad

Desde el comienzo mismo de la dictadura militar, los organismos de derechos humanos mantuvieron vivo un reclamo de lucha permanente de Memoria, Verdad y Justicia. Con el retorno de la democracia de 1983, esos organismos formados por Madres de Plaza de Mayo, Abuelas, organizaciones asociadas a familiares directos como esposas y esposos,  hijos y hermanos, iniciaron el reclamo de Justicia contra los crímenes de lesa humanidad que aún continúa.

Los llamados crímenes contra la integridad sexual fueron parte del terrorismo de Estado. Esto sucedió tanto en los Centros Clandestinos de detención como en las cárceles, donde hubo violaciones, abusos y distintos modos de violencia sexual. Las víctimas fueron sobre todo las mujeres, pero también los varones. 

En distintas instancias los sobrevivientes de la última dictadura denunciaron estos hechos como delitos específicos. Los primeros testimonios datan de las presentaciones realizadas ante los organismos internacionales aún durante la dictadura. Más tarde se presentaron numerosos testimonios ante la CONADEP y en el Juicio a los ex Comandantes (1985). Para entonces, los delitos contra la libertad sexual ya estaban tipificados en el código penal argentino. Aun así, durante el juicio y en las sentencias correspondientes, no fueron considerados como delitos específicos sino que quedaron subsumidos en la categoría más general de las torturas. La consecuencia de esto fue la invisibilización de esos delitos.

Durante las décadas siguientes las causas judiciales por los crímenes de lesa humanidad se vieron frenadas por la vigencia de las Leyes de Punto Final (1986) y de Obediencia Debida (1987). Aunque los delitos contra la integridad sexual no estaban alcanzados por estas leyes, no hubo denuncias ni presentaciones que intentaran abrir causas por ese camino. Solo con la reapertura de las causas por crímenes de lesa humanidad, a partir de 2004, estas denuncias comenzaron a hacerse audibles para la Justicia como crímenes específicos.

En la ESMA la violencia específica hacia la mujer asumió distintas formas: incluyó desde el sometimiento de mujeres embarazadas a meses de prisión para luego hacerlas dar a luz en cautiverio, hasta el hecho de obligar a otras a levantarse en medio de la noche para hacer de damas de compañía de los marinos, como si fueran presas “recuperadas” ideológicamente.

Durante el desarrollo del segundo Juicio Oral por los crímenes de la ESMA (2009-2011), un grupo de mujeres sobrevivientes comenzó a poner en palabras distintos aspectos de sus padecimientos dentro del centro clandestino. Entre otras cosas, describieron las condiciones de sometimiento producidas por su condición de mujeres. En los testimonios narraron situaciones de abusos sexuales, de violaciones y de violencia de género. Sobre un total de testimonios 63 sobrevivientes que declararon en el Juicio, 16 mujeres dijeron haber sufrido algún tipo de abuso y cuatro 4 de ellas indicaron que fueron violadas por un guardia o un oficial. Al terminar el juicio los jueces ordenaron separar los testimonios para que las denuncias fuesen investigadas específicamente como delitos sexuales. Y agregaron: “Ha quedado debidamente acreditado que en general los abusos de mujeres y, en particular, las violaciones eran prácticas que formaban parte de las condiciones de vida en la que permanecían alojadas las detenidas mujeres dentro de la ESMA”.

Cuando hablamos de Memoria y Dictadura, es imprescindible abordar el lugar que tiene la mujer, tanto desde la perspectiva de víctima como desde la de emprendedora de la búsqueda de Justicia.

El movimiento de DDHH de Argentina, liderado por estas mujeres, madres y abuelas, hoy se puede percibir como un faro en el movimiento actual de las mujeres argentinas en múltiples acciones y lucha, como por ejemplo el movimiento Ni una menos.

Fuente: CTXT. Por Alejandra Naftal